Hi, I'm
Siria Oriana Black Brodwell
❛—La rebeldía de los Black, la eternidad de un vampiro y madre de dos pequeños sapitos; arma y escudo en una misma mirada.❜—⊱ #OC #Multiverse.
—⊱ #HP - #TVD
❀ ( Fusión de tramas: Harry Potter y The vampire diaries )

Y ESTA ES MI HISTORIA
Todo comenzaba hace muchos años atrás…
[FLASHBACK]
La noche estaba fría helada en un pequeño pueblo en Bulgaria, donde en una
pequeña cabaña se escuchaba los gritos desgarradores de una mujer dando a
luz.
- Vamos, Katherina, tú puedes, hija. -dijo su madre mientras ayudaba a que su
única hija diera a luz, donde en un costado estaba su padre viendo como la
niña de sus ojos avergonzaba a la familia por tener un hijo fuera de matrimonio,
algo que marcaría mucho el apellido Petrova.
- ¡Me duele! -gritaba Katherina mientras seguía haciendo fuerza para tener a su
bebé, a quien había esperado con mucho amor.
- Estás cerca, hija mía. -dijo la mujer mayor mientras su niña seguía dando a
luz.
Luego de unos minutos que fueron eternos para Katherina, se escuchó un
hermoso llanto de bebé, pero antes de que la chica pudiese agarrar a su hija,
su padre la tomo en brazos.
- Déjame cargarla, padre. -dijo Katherina mientras estiraba los brazos
esperando a que le dieran a su bebé.
- Ella no se quedará aquí, y tú tampoco. -dijo su padre con firmeza, con dolor
en su mirar. - Avergonzaste a la familia, Katherina. ¡No te quiero aquí cuando
vuelva! -dijo el hombre antes de salir de la habitación con la pequeña llorando
en brazos, mientras la madre gritaba que se la devolvieran, que la dejaran verla
por lo menos una vez.
- ¡No, padre! ¡No! -gritaba una y otra vez Katherina. - Se lleva a mi Nadia,
madre. -dijo la chica llorando mientras intentaba ponerse de pie para ir por su
hija, pero le era imposible en ese momento por el dolor que dejaba el parto en
su cuerpo.
- Lo siento, mi Katherina. -dijo la madre antes de ponerse de pie para alejarse
de la chica, sabiendo que pasaría si desobedecía a su esposo.
La chica lloraba con fuerza mientras repetía una y otra vez ''padre'' llamando al
hombre que llevaba a su pequeña.
[FIN DEL FLASHBACK]
Había pasado un año desde ese día. Katherina ahora se hacía llamar Katherine
Pierce, nombre que adoptó luego de que sus padres la hicieran irse de Bulgaria
para que su apellido no tuviese manchado por la deshonra. Con un gran dolor,
la chica se marchó.
Dejó su pasado de lado para buscar a su pequeña y poder empezar un futuro
mejor, pero nunca la encontró. La joven dándose por vencida pensaba que su
hija estaría mejor sin ella, ya que no tenía nada para darle más que su amor.
Días después, llegó a un hermoso pueblo donde vivían unos brujos que la
acogieron con mucho cariño en su hogar.
Katherine se llevaba bien con estas personas, más que nada, se llevaba muy
bien con el hijo de los ancianos, con quien sintió tener una conexión inmediata.
Los días pasaron y Katherine notaba que el señor hacía magia extraña, una
magia que ella nunca había escuchado antes, pero se mantenía algo alejada
de eso. No quería que la echaran del lugar por meterse en asuntos que no le
correspondían. Hasta que una noche, la madre del chico se acercó a ella,
despertándola, diciendo que los ancestros le habían dicho que ella poseía la
sangre que ayudaría a completar el hechizo de su esposo, que debía ir con
ella.
- ¿Dónde me lleva? -dijo Katherine asustada por la mujer que la llevaba
agarrada del brazo con fuerza, mientras ella intentaba soltarse. - ¿Dean? -dijo
al ver al chico con el padre, frente a una mesa con algunas cosas encima,
mirándolas mientras se acercaban a ellos. - ¿Qué sucede?
- Tranquila, Katherine. -dijo el chico sonriendo, pero sin acercarse a ella,
mientras la madre de él hacía que ella se arrodillara en el suelo. - Desde el día
que pediste ayuda tocando a nuestra puerta, sabíamos que tú eras la solución
de todos nuestros problemas. -dijo mientras agarraba un cuchillo de la mesa
para hacer una herida en su mano, dejando caer su sangre en la copa que
estaba frente a él y su padre.
–Los ancestros dijeron que nos ayudarían a luchar contra nuestros enemigos,
que ganaríamos cada batalla si confiábamos en ellos. -comenzó a hablar el
padre mientras Dean comenzaba a murmurar palabras extrañas, en una lengua
que no llegaba a comprender, pero podría jurar que era magia oscura.
- ¿Con mi sangre? -dijo la chica más asustada que antes, con los ojos brillantes
por el miedo que la recorría de pies a cabeza, pero que intentaba no demostrar.
- Así es, pequeña. -dijo la mujer mientras se paraba frente a Katherine para
agarrar su cabeza y comenzar a hacer lo mismo que hacía Dean, haciendo que
Katherine gritara de dolor por el conjuro que estaba haciendo.
- Tu sangre despertará el poder que posees y el control de este. El don que
posees por ser una réplica, el don que Dean usará para vencer a todos sin
tener que mover un dedo, poniendo a nuestra familia y descendencia a salvo
por décadas. -dijo nuevamente el padre sobre los gritos de la chica, quién
sentía que su cabeza explotaría en cualquier momento. - La sangre de un
hereje y la sangre de la doppelganger que le entregara el don. -dijo el hombre
mientras agarraba la mano de Katherine para hacer un corte, dejando que la
sangre llenara la misma copa que tenía la sangre de Dean, que tenía el hombre
en su mano, para luego entregarle el cuchillo a su esposa. Cuando la sangre
dejo de caer, la mujer detuvo el hechizo que estaba haciendo.
- ¿Doppelganger? ¿Hereje? -dijo Katherine, llevando una mano a su cabeza
por el dolor que sentía, sin entender a que se refería. - ¿Qué es eso? ¿La
réplica de quién?
El hombre la miró un momento y luego comenzó a reír sin razón, mostrando en
su rostro lo loco que estaba
- Los doppelganger nacen con poderes para defenderse a ello mismo, como un
balance para la tierra, pero no todos los doppelganger pueden prender ese don
que posean, algunos mueren sin siquiera saber que tenían uno, pero por
suerte, te tenemos aquí para que nos regales tu hermoso don que nos ayudará
a ser invencibles, y le des la magia que Dean no posee por ser un sifón. -dijo el
hombre mirándola. Dean era un sifón, no poseía magia propia en su cuerpo y
se dedicaba a robársela a brujos con solo tocarlos, pero la magia era temporal
en sus manos. - y ya no gastaré saliva hablando contigo, ya que morirás
cuando el hechizo esté completo -dijo el hombre riendo mientras se alejaba
hasta su hijo con la copa en la mano para dejarla nuevamente en la mesa y
comenzar a murmurar hechizos de nuevo.
Entonces Katherine reaccionó. Iba a morir si no hacía algo.
Comenzó a pensar con rapidez que poder hacer, hasta que vio la mano de la
mujer que distraída miraba a su esposo, riendo con Dean como si estuviesen
locos, que podía jurar que lo estaban. Y ella no moriría en mano de unos locos.
Katherine se puso de pie rápidamente y agarró el cuchillo para clavárselo a la
mujer en el pecho, dejando que luego cayera al suelo.
- ¡Madre! -gritó Dean mientras corría hacia su madre, sin que su padre se
percatara de nada de lo que pasaba a su alrededor por lo metido que estaba en
el hechizo, Katherine camino hasta él con el cuchillo en la mano mientras Dean
gritaba y lloraba a su madre muerta.
- Lo siento, Dean. Pero yo no moriré y tú no tendrás nada. -dijo Katherine
poniéndose a un lado del padre de Dean para poner el cuchillo en su cuello y
así poder matarlo, viendo cómo caía llevando sus manos a su cuello. -
Dementes. -dijo Katherine mientras agarraba la copa con su sangre, pero antes
de tirarla al suelo y que se perdiera todo, se detuvo.
- No lo hagas, amor. -dijo Dean mientras dejaba a su madre en el suelo para
acercarse lentamente a ella. - No sabes lo que estás desperdiciando, cariño. -
Katherine sintió nauseas al escucharlo decirle así luego de lo que estaban a
punto de hacerle. - Si lo tiras, me mataran. -dijo el chico con tono suplicante y
terror en la mirada. ¿A qué le tenía tanto miedo?
- Mejor tú que yo. –dijo Katherine antes de beber su propia sangre mezclada
con la de Dean, activando sin saberlo su don.
- ¡No! -grito el chico antes de comenzar a correr hacía ella. La chica agarró la
varita que el padre del chico había dejado en la mesa, haciendo que Dean
vuele por el aire antes de desaparecer y salir de ese lugar lleno de locos.
Katherine agarró la varita que el padre del muchacho había dejado sobre la
mesa y, con un movimiento brusco, hizo que Dean saliera volando por el aire
antes de desaparecer de aquel lugar lleno de locos.
Cuando volvió a aparecer en uno de los escondites donde solía refugiarse
cuando no tenía a dónde ir, un dolor insoportable comenzó a expandirse por su
cabeza, obligándola a llevarse ambas manos a las sienes mientras soltaba un
grito desgarrador.
Su vida estaba cambiando para siempre.
Y también la de toda su descendencia.
El poder que había vivido oculto dentro de ella finalmente había despertado,
junto con la capacidad de controlarlo sin morir consumida por su propia fuerza.
[ … ]
El tiempo pasó desde aquel día y Katherine comenzó a vivir con más
tranquilidad. Ya no se preocupaba demasiado por Dean; sabía que ahora podía
enfrentarlo sin problemas. Más aun siendo vampira y habiendo aprendido a
controlar su don, aunque prefería usarlo únicamente cuando era necesario para
sobrevivir.
Con el paso de los años, Katherine conoció a un grupo de vampiros que sí
llegaron a representar un verdadero peligro para ella. Tuvo problemas con ellos
y, como tantas otras veces en su vida, terminó huyendo.
Parecía que toda su existencia dependía de qué tan rápido pudiera correr. Pero
mientras escapaba, encontró su salvación.
Conoció a dos vampiros que cambiaron su destino y, gracias a la sangre de
uno de ellos, completó la transición, dejando atrás la vida humana que tanto
dolor le había causado.
Desde entonces comenzó una nueva vida.
Una donde solo pensaba en sí misma.
Una donde aprendió a confiar únicamente en ella.
Lo que Katherine no sabía era que su hija, Nadia Petrova —o Nefertari
Hackstings, como la llamaron sus padres adoptivos— la estaba buscando.
[ … ]
Todo cambió cuando, al llegar a Londres, una joven golpeó la puerta de la casa
de Katherine antes de desplomarse frente a ella.
Sin entender demasiado qué estaba ocurriendo, Katherine la hizo entrar junto a
su esposo e intentó ayudarla. La muchacha ardía en fiebre.
- Mamá... –murmuró la chica entre sueños mientras se removía sobre el
sofá donde la habían recostado. – Estoy buscando a mi madre... -
Katherine se tensó por completo. -Su nombre es Katherina Petrova...
Y volvió a desmayarse.
El corazón de Katherine comenzó a latir con fuerza. Después de diecinueve
años… había encontrado a su hija.
Comenzó a caminar de un lado a otro por la casa, esperando
desesperadamente a que despertara. Cuando la joven abrió los ojos
nuevamente, una hora después, Katherine no pudo contenerse.
- ¿Cómo me encontraste? –preguntó ansiosa.
Su esposo levantó una ceja ante lo directa que había sido.
- Mis padres me hablaron de ti hace muchos años… y te busqué por
todas partes. –respondió agotada.
- ¿Por qué? -Katherine intentaba sonar fría, indiferente, como si su
corazón no estuviera explotando de emoción al tener a su hija frente a
ella.
- Me estoy muriendo. –susurró la chica.
Aquellas palabras hicieron que un nudo doloroso se formara en la garganta de
Katherine.
- El poder me está matando… y sé que tú me lo heredaste. -La muchacha
comenzó a llorar.- Maté a mis padres… y a mi esposo. No puedo
controlarlo.
Katherine quedó paralizada.
- Ella debería tener control. –susurró mirando a su esposo.– Para eso hice
el hechizo… para que mi descendencia pudiera soportarlo.
- Pero ella nació antes del hechizo, amor. –respondió él con tristeza.
Y entonces Katherine entendió todo.
El control nunca había llegado a Nadia.
La había traído al mundo únicamente para condenarla.
- Lo siento mucho... –susurró Katherine arrodillándose frente a ella.
- Mi nombre es Nefertari Hackstings… busco a mi madre... –murmuró la
joven delirando por la fiebre.
Katherine acarició suavemente su mejilla.
- Aquí estoy, Nadia.
[ FLASHBACK ]
- ¡Basta, Michael! ¡Sabes lo que pasa cuando me enfado! –gritó la mujer
mientras acomodaba a la bebé de apenas un año dentro de la cuna.
- Lo sé. –respondió el hombre con voz calma.– Pero voy a ayudarte a
controlarlo. Y si nuestra hija también lo tie…
Se detuvo.
Su esposa había explotado nuevamente. Cada vez que hablaban del tema, ella
perdía el control.
El poder la estaba consumiendo lentamente. Cada día lucía más agotada, más
delgada, más rota.
- ¡No quiero que nuestra hija tenga esto! ¡No entiendes nada, Michael!
¡Esto no es un juego! -La furia comenzó a consumirla. Sus ojos se
oscurecieron mientras fijaba la mirada sobre su esposo.
Michael cayó de rodillas llevándose las manos a la cabeza.
-¡Detente! -gritó él.
Pero ella ya no escuchaba.
El dolor mental comenzó a destruirlo desde dentro. Su cuerpo reaccionaba
como si las heridas fueran reales. Convulsionó violentamente mientras sangre
escapaba de su boca.
Los gritos despertaron a la pequeña Nadia.
Los padres de Nefertari aparecieron corriendo con las varitas en alto,
intentando detenerla, pero el hechizo que lanzaron fue devuelto contra ellos.
El padre cayó inconsciente. La madre soltó un grito desgarrador.
- ¿Qué hiciste, Nefertari? ¿Qué hiciste?
El llanto del bebé y los gritos de su madre finalmente hicieron reaccionar a la
mujer.
Y cuando vio el cadáver de su esposo en el suelo… enloqueció.
[ FIN DEL FLASHBACK ]
Los días pasaron y Katherine hizo todo lo posible para salvar a su hija, pero
cada día Nadia parecía apagarse un poco más.
Hasta que una tarde, al regresar a casa, descubrió que ya no estaba allí.
-¿Nadia? -La buscó desesperadamente hasta encontrar una nota.
“Si no vienes sola, la mataremos.”
Katherine no dudó. Corrió hasta el lugar indicado y no se sorprendió al
encontrar a Dean esperándola junto a sus hombres.
- Vine por mi hija. -dijo y caminó directo hacia donde Nadia estaba
recostada.
La muchacha temblaba de fiebre.
- ¿Qué haces aquí? Corre… te van a matar. -dijo Nadia, casi en un
susurro.
- No voy a perderte otra vez. -Katherine acarició suavemente su mejilla
mientras limpiaba las lágrimas que caían por el rostro de su hija.
Nadia cerró lentamente los ojos mientras su madre comenzaba a cantarle
despacio para calmarla.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de la joven.
Y luego desapareció.
- ¿Nadia...? -Katherine rompió en llanto al darse cuenta de que su hija
acababa de morir.
La había buscado toda la vida.
Y la volvía a perder.
- Llegó tu hora, Katherine. –dijo Dean acercándose.
Pero Katherine ya no quería luchar. Porque su vida estaba muerta detrás de
ella.
- Él vendrá por ti… y te matará. –susurró refiriéndose a su esposo.
- ¿De verdad crees que voy a darte lo que quieres? –rió Dean con
crueldad.– Mientras estás aquí conmigo, otros se encargan de asesinar
a todos los que amas. Incluyendo a tu querido esposo.
El rostro de Katherine se quebró.
- ¡Vete al infierno!
Intentó lanzarse contra él, pero un hechizo la hizo salir despedida contra la
pared.
El crujido de su cuello resonó en el lugar antes de que todo quedara oscuro.
[ … ]
Cuando volvió a despertar, estaba encerrada. Débil. Dopada con verbena.
- Hola, dormilona. –dijo Dean desde el otro lado de las rejas.
Katherine observó el pequeño espacio oscuro donde la habían encerrado y
luego miró por la diminuta ventana.
Estaban moviéndose.
- ¿Dónde me llevas? –preguntó con odio.
- Ahora eres mía, Katherine. - La carcajada enferma de Dean resonó
antes de que cerrara la ventana.
Horas después, la sacaron de aquella prisión improvisada y la arrojaron al
suelo frío de un bosque.
- Este es el lugar del que nunca debiste salir. –dijo Dean acercándose.–
Pensé durante años cuál sería la venganza perfecta. -Katherine sintió
terror.- Y cuando tu hija apareció… lo entendí. Matarte sería demasiado
sencillo. Dijo Dean mientras dos hombres comenzaron a arrastrarla
hacia una cueva sellada por una enorme roca.
- ¡No! ¡Dean, no! -Suplicó Katherine.
La empujaron dentro.
Katherine corrió hacia la salida, pero un hechizo invisible le impidió atravesarla.
- Nadie podrá romper el sello hasta que yo muera. –sonrió Dean.–
Disfruta de tu nuevo hogar.
Entonces Katherine giró lentamente.
Y gritó horrorizada.
Dentro de la cueva estaban los cuerpos sin vida de su hija… y de su esposo.
- ¡No! - Cayó de rodillas mientras escuchaba las carcajadas alejándose.
La roca selló la entrada y Katherine quedó atrapada junto a los
cadáveres de las únicas personas que había amado.
[ … ]
Pasaron años. Años de hambre. De oscuridad. De locura.
Su cuerpo comenzó a secarse lentamente por la falta de sangre, hasta que un
día logró mover la roca con la poca
fuerza que le quedaba.
Salió tambaleándose bajo el sol, agradeciendo que no le hubieran quitado su
anillo solar.
- Señorita… ¿está bien? -escuchó una voz femenina que se dirigía a ella.
Katherine levantó la mirada. Una joven la observaba preocupada.
Las venas bajo los ojos de Katherine aparecieron al instante y antes de poder
pensarlo, ya estaba alimentándose de ella desesperadamente.
La sangre volvió a darle vida.
Y con ella… regresó Katherine Pierce.
[…]
Amethyst, como ahora se llamaba la pequeña hija adoptiva del matrimonio
Brodwell, había aprendido desde muy pequeña a convivir con el extraño don
que corría por sus venas. A sus once años comenzó sus estudios en
Durmstrang, destacándose rápidamente por su inteligencia y el control que
tenía sobre su magia, aunque siempre evitaba llamar demasiado la atención.
Tiempo después, durante un intercambio estudiantil, llegó a Hogwarts, siendo
seleccionada para Gryffindor, donde continuó ocultando el gran poder que
poseía.
Sus padres adoptivos habían hecho todo para darle una vida tranquila. La
criaron rodeada de amor y protección, enseñándole que jamás debía
avergonzarse de quién era, aunque sí debía ser cuidadosa. El poder que
llevaba dentro podía convertirla en un objetivo peligroso para muchas
personas.
Y tenían razón.
Desde pequeña, Amethyst había aprendido que las emociones fuertes
despertaban algo oscuro en su interior. Cuando se enfadaba demasiado, las
personas comenzaban a sufrir dolores inexistentes, como si su mente los
estuviera destruyendo desde adentro. Y cuando alguien intentaba atacarla con
magia, muchas veces el hechizo simplemente se desviaba y regresaba contra
quien lo había lanzado.
Era aterrador.
Pero también fascinante.
La joven caminaba por los pasillos de Hogwarts con una tranquilidad engañosa,
sujetando varios libros contra su pecho mientras sus ojos recorrían el castillo.
Le gustaba observar a la gente. Le gustaba intentar entender cómo
funcionaban las personas normales, aquellas que podían vivir sin sentir miedo
de sí mismas.
—¿Otra vez en la biblioteca? —preguntó una voz masculina detrás de ella.
Amethyst giró apenas el rostro, encontrándose con un chico de Ravenclaw que
sonreía divertido.
—Algunas personas estudian para aprobar —respondió ella con una pequeña
sonrisa—. Otras simplemente disfrutan saber cosas.
—Tú disfrutas demasiado saber cosas.
—Y tú hablas demasiado.
El chico soltó una risa antes de despedirse, alejándose por el corredor.
Amethyst lo observó desaparecer y luego continuó caminando hacia la
biblioteca, sin notar la mirada fija que descansaba sobre ella desde el otro
extremo del pasillo.
Una mujer de cabello oscuro la observaba completamente quieta.
Katherine Pierce.
Sus ojos no podían apartarse de la adolescente.
Era idéntica.
Los mismos ojos.
La misma expresión orgullosa.
La misma presencia elegante que había visto en Nadia años atrás.
Por un momento, Katherine sintió que el aire abandonaba sus pulmones
muertos.
Su nieta.La hija de Nadia.
Seguía viva.
La vampira tragó saliva lentamente mientras observaba cómo la joven
desaparecía dentro de la biblioteca, sintiendo algo que había creído perdido
hacía siglos.
Esperanza.
Pero también miedo.
Porque si ella había logrado encontrarla… otros también podían hacerlo.
[…]
Amethyst estaba enamorada de Sirius Black desde el primer momento en que
lo vio en los pasillos de Hogwarts, pero cuando terminaron sus estudios, todo
había cambiado en la vida de ambos jóvenes.
La chica había escrito una carta para el dueño de su corazón, ya que se había
enterado de que él ya no estaba en ese horrible lugar en que pasó demasiados
años, donde lo culpaban de entregar a su mejor amigo a la muerte.
Amethyst sabía perfectamente cuanto amaba Black a su amigo, a su hermano
y compañero de travesuras. Ella sabía que él moriría antes de traicionarlo,
siempre lo supo, desde el momento en que lo metieron en ese lugar.
No podía imaginar cómo habían sido esos años estando allí, pero ella
necesitaba saber que estaba bien, a salvo.
Luego de semanas, pudo contactarse con él, y ella se arregló emocionada para
juntarse con su amado luego de tantos años. La mujer sabía que su amor no
era correspondido, que nunca podría atar a Black, pero, de todas formas, se
entregó a él en cuerpo y alma esa noche, como lo hizo muchas veces cuando
estudiaban juntos, en el pasado.
Pasó el tiempo y no volvió a ver a Black. No podía escribirle por miedo a que lo
encontraran y lo volvieran a meter en Azkaban. Pero Amethyst tenía un
hermoso secreto que quería gritar; tenía un pequeño amor en su vientre, el
fruto del amor que sentía por el exprisionero. Una pequeña Black venía en
camino.
La niña creció en el vientre de su madre llevando un nombre parecido al de su
padre, un recuerdo vivo del amor de su vida; Siria Oriana Brodwell Black.
Amethyst no pudo decirle a Sirius sobre la existencia de la pequeña que tenía
seis meses en su vientre, ya que cuando iba a hacerlo, su prima, Bellatrix
Lestrange, lo asesinó el día 18 de junio de 1996.
Cuando pasaron los años, la pequeña creció preguntando quién era su padre,
Amethyst sin querer mentirle a su hija, le contó toda la historia de cómo conoció
al hombre que amo desde siempre, y que no había logrado decirle a su padre
sobre ella.
La pequeña soñaba con ese hombre todos los días, deseando haberlo
conocido, y preguntándose cómo sería tenerlo en su vida, cómo sería tener un
padre.
Siria cumplió once años y recibió su carta para entrar en el colegio Hogwarts de
magia y hechicería, quedando en Slytherin como todos los Black, exceptuando
a su padre.
En el colegio pudo oír muchas historias sobre los merodeadores, sobre Sirius.
Era feliz viviendo de las historias que contaban de él. No eran muchos en sus
primeros años en el colegio, los que sabían que ella era hija de Sirius Black,
pero cuando se enteraron se dieron cuenta que la chica tenía muchas cosas
parecidas a su padre. Le gustaba meterse en problemas, merodear por el
colegio y ser fiel a los suyos siempre. Amaba hacer magia donde sea y cuando
sea. Sin reglas, y rompiendo las que había junto a sus amigos.
Siria creció volviéndose una chica dura, talentosa, poderosa, algo caprichosa y
consentida, difícil de tratar a veces, mala cuando se lo proponía, pero era la
persona más dulce, soñadora y romántica que podían conocer. Era muy
coqueta, divertida y amaba tener a los chicos detrás de ella. Siempre tenía lo
que quería, cuando lo quería, ya que su madre tenía una gran fortuna y la
consentía demasiado en todo lo que quería.
Amethyst quería que su hija hiciera todo en la vida y encontrara lo que más
amaba para ser feliz, entonces contrataron a las mejores profesoras de danza
que había en Bulgaria para enseñarle a Siria desde pequeña, y averiguar que
de todas esas cosas era lo que a ella la hacía feliz.
Siria había aprendido tres idiomas a la perfección luego de su idioma natal;
Francés, Inglés y español. Había aprendido todos los instrumentos que su
madre quería que ella supiera; Guitarra, piano, violonchelo, y alguno otros más.
Se había esforzado por aprender cada instrumento sólo para ver la sonrisa en
el rostro de su madre, sólo para hacer sentir orgullosa de lo que había logrado.
Pero lo que más encantaba era bailar y cantar, tanto que había prometido crear
su propia escuela de danza cuando sea mayor.
Su madre había logrado que ella encontrara lo que la hacía feliz, y estaba
orgullosa de su niña. Y ella estaba feliz de ver a su madre contenta al verla
hacer lo que a ella la hacía sonreír.
Pero cuando Siria cumplió quince años, toda la felicidad que había tenido
comenzó a desvanecerse cuando su madre falleció por una enfermedad contra
la que no podía luchar, dejándola sola.
''Lᴀ ᴍᴜᴇʀᴛᴇ ɴᴏ ᴇxɪsᴛᴇ, ʜɪᴊᴀ.
Lᴀ ɢᴇɴᴛᴇ sᴏʟᴏ ᴍᴜᴇʀᴇ ᴄᴜᴀɴᴅᴏ ʟᴀ ᴏʟᴠɪᴅᴀɴ.
Sɪ ᴘᴜᴇᴅᴇs ʀᴇᴄᴏʀᴅᴀʀᴍᴇ sɪᴇᴍᴘʀᴇ ᴇsᴛᴀʀé ᴄᴏɴᴛɪɢᴏ.''
Las palabras de Amethyst sonaban fuertes y claras en la cabeza de Siria, como
queriendo que las escuchara, que las recordara mientras los momentos que
vivieron juntas pasaban una y otra vez por su mente, intentando memorizar su
risa, su voz, a ella.
Siria recordaría siempre ese día, mientras las gotas caían sobre la gente,
donde podía escuchar a algunos alejarse, despidiéndose entre ellos mientras
pasaban por su lado diciéndole cuanto lo sentían y que no estaba sola en esto.
Pero Siria no dejaba de pensar, ¿de verdad no estaba sola? Porque así se
sentía en ese momento.
Siria había perdido a la persona que más amaba en el mundo, a la única
persona que tenía a su lado, quién la amaba como nadie, enseñándole lo puro
y hermoso que era el amor verdadero.
Siempre recordaría ese día triste que acompañó su muerte, mientras la lluvia
caía para mezclarse con las lágrimas que caían de sus ojos, sin querer
detenerse.
El cuerpo sin vida de la mujer que le daba sentido a la suya estaba a unos
pasos de ella y ni siquiera tenía las fuerzas para levantarse de la silla donde se
encontraba, y acercarse a su lado. Pero una parte de Siria no quería verla así,
quería recordarla viva, feliz...pero la necesitaba, necesitaba verla por última
vez, aunque ya no tuviera la sonrisa que la caracterizaba ni la mirada llena de
amor que solía darle cuando la veía.
La joven se levantó de la silla con algo de esfuerzo, y caminó lentamente hasta
el ataúd de su madre, deteniéndose frente a ella. La tristeza de sus ojos,
mezclado con su dolor, reflejaba el rostro del amor de su vida, llevo su mano a
su mejilla, acariciándola lentamente.
-Mamá... -dijo en su idioma natal, búlgaro, casi sin voz por el nudo que tenía en
la garganta, un nudo que era un grito que pedía que lo dejará salir. - Te
necesito. ¿Qué hago sin ti, madre?
Siria no estaba lista para decirle adiós a la mujer a la que acariciara su mejilla
con todo su amor, y jamás lo estaría. Su madre estuvo intentando prepararla
para ese día desde que se enteró de su estúpida enfermedad, desde que supo
que ya no iba a poder estar al lado de su hija.
Siria recordaba con mucho dolor y tristeza el día que su madre le dijo sobre su
enfermedad hace menos de un año atrás, cuando apenas tenía catorce años.
Recordaba que lloraba como una niña mientras le decía ''No me dejes. Por
favor, no me dejes.'' Y Amethyst le repetía una y otra vez que la amaba y que
se volverían a ver algún día, que no llorara y que la recordara siempre porque
ella jamás se olvidaría de su pequeña Sirenita, como solía llamarla ella con
amor, y jamás dejaría de cuidarla, que no tuviera miedo.
Recordó que le pidió que le jurara que no tendría miedo, y que ella lo hizo
sabiendo que rompería esa promesa algún día.
-Lo siento, madre. Estoy rompiendo mi promesa ahora. Estoy aterrada. ¿Qué
hago sin ti? ¿Cómo no temer al futuro en el que no estás tú? –le decía a su
madre sin dejar de llorar- Nos volveremos a ver, madre. Te contaré todo lo que
viví y prometo que estarás orgullosa de mí. –dijo mirándola, susurrando
mientras delineaba su rostro con sus dedos. - Me esforzaré para ganar el cielo
y no perderte nunca más. –La joven Black se acercó a su frente para dejar un
beso, pero en ese momento sintió que alguien le tocaba el brazo.
- Siria, ya es hora. –dijo el padrastro de su madre, intentando alejarla del ataúd
para que lo pudieran cerrar y así poder enterrarla.
- Todavía no. Unos minutos más, por favor. –dijo casi rogando. No, aún no. No
estaba lista.
- Lo siento, Siria. La lluvia se está largando con más fuerza, ya no podemos
seguir mucho tiempo aquí. –dijo el hombre haciendo que ella lo mirará de mala
manera.
¿Qué diablos le importaba la lluvia?
Siria nunca se había llevado bien con el padrastro de su madre, él no las quería
a ninguna de las dos, solo fingía para que su abuela Jean, se sintiera bien,
para qué pensara que quería a Amethyst. Siria pensaba que él estaba con su
abuela por la gran fortuna que tenían los Brodwell, pero lo que no sabía él, era,
aunque amara u odiará a Siria y a su madre, jamás conseguiría que Jean
cambiará la fortuna que le pertenecía a su verdadera familia.
La joven Black detestaba a ese hombre, y ese odio que sentía crecía mientras
él intentaba alejarla de su madre.
- Todavía no. –repitió Siria volviendo a mirar a su madre, sin querer alejarse de
ella, pero los planes del hombre eran otros.
– Lo siento, Siria. –dijo el hombre mientras la agarraba con fuerza para
levantarla un poco del suelo, alejándola del cuerpo de Amethyst, mientras
comenzaba a llorar con fuerza, dejando salir el grito que estuvo callado por
tanto tiempo, gritando ''Todavía no.'', sin saber cuándo sería el momento en que
estuviera preparada para enterrar el cuerpo, y no volver a ver su rostro.
Cerraron el ataúd mientras agarraban a la chica para que no se lance sobre
ella, para que no los detuviera. Las gotas de lluvia seguían cayendo,
mezclándose entre sus lágrimas de nuevo. Comenzaron a bajar y tirar tierra
sobre ella mientras algunos dejaban rosas sobre su tumba. Siria no podía dejar
de pensar que Amethyst odiaba las rosas, porque los tulipanes eran sus
favoritos, por eso Siria amaba también los tulipanes, porque le recordaban a su
madre.
Recordaba las veces en las que su madre ponía tulipanes blancos sobre la
mesa, explicándole el significado a la niña curiosa que la seguía a todos lados.
- Despídete, Siria. –dijo llorando la abuela de la joven mientras intentaba
calmar a su nieta, pero nada ni nadie podría calmar nunca su dolor.
Luego de un rato bajo la lluvia, Siria se fue a su habitación en la mansión
Brodwell, y se quedó ahí, observando por la ventana como algunas personas
se marchaban del lugar luego de meter el ataúd de su madre bajo tierra, las
lágrimas no dejaban de caer por sus ojos, mientras se abrazaba a sí misma
porque no dejaba que nadie se acercara.
Una gran amiga de Siria se encontraba sentada en su cama, a su espalda sin
decir nada, sabiendo que Siria hablaría en su momento. La joven Black se
preguntaba qué era lo que iba a hacer ahora, porque quedarse en la mansión
Brodwell con el padrastro de su madre no era una opción, aunque le doliera a
su abuela que su nieta se alejara.
- Siria. -dijo su amiga detrás de ella, haciendo que limpiara rápido sus lágrimas
y se girara para ver a nada más y nada menos que a Harry Potter entrando a
su habitación.
- Lamento subir hasta aquí, pero sabiendo que no bajarías decidí hacerlo para
poder hablar un momento contigo, Siria. -dijo el señor Potter de unos 36-37
años.
La chica asintió con la cabeza y miró a su fiel amiga Cath que entendió
perfectamente lo que quería decirle.
-Estaré abajo. - dijo la rubia, regalándole una sonrisa a su amiga, la cual ella no
devolvió.
Ese día no había Siria sonriente ni tierna, sólo estaba fría, dura y en shock por
su pérdida.
- ¿Qué se le ofrece, señor Potter? –dijo la joven Black yendo directo al grano.
- Entiendo lo que estás pasando ahora, Siria. -dijo sin moverse de donde
estaba, esperando, quizás, que sea ella quien lo deje acercarse - Sé que
prometí hablar contigo en muchas oportunidades, pero como le dije una vez a
mi esposa, no estaba listo para ver a alguien que me recordara a Sirius aún. -
dijo sin dejar de mirarla, algunos solían decir que Siria tenía rasgos parecidos a
los de él, pero nunca pudo saberlo porque jamás había conocido al hombre que
decían que era su padre, del cual llevaba el apellido por honor a él, a su
inocencia, en la cual Amethyst creía fielmente.
- Hoy no es el momento, señor Potter. -dijo seria antes de girar para volver a
mirar el lugar por la ventana, observando la lluvia caer.
- Sé que no es el momento, pero quería darte mi pésame y decirte que tengo
un regalo para ti, lo he pensado por mucho tiempo y sé que te encantara, sólo
que nunca pensé en dártelo en un momento así. -dijo con algo de tristeza en su
voz, a la espalda de la chica, quién no respondió ante lo que dijo, ya que no
tenía ganas y quería que se fuera para poder llorar tranquila. - ¿Qué pasaría si
te doy la oportunidad de volver en el tiempo? Claramente sin cambiar nada -
dijo rápidamente al ver cómo Siria se giraba interesada en el tema, pensando
en su madre en el mismo momento en que lo dijo, pero soltando un suspiro
cuando dijo que no podría cambiar nada.
- ¿Cómo sería eso posible? -pregunto Siria, con los brazos cruzados, sintiendo
frío llegar a su cuerpo.
- Con algo que le pertenecía a mi mejor amiga, Hermione Granger.
Seguramente la conoces -dijo el señor Potter, regalándole a Siria una pequeña
sonrisa. - Todos pensamos que tienes el derecho de conocer por ti misma a la
persona de la cual les hemos hablado maravillas a nuestros hijos, a quién
hasta el día de hoy seguimos creyendo en su inocencia, mereces conocer a tu
padre. A Sirius Black. -dijo el pelinegro haciendo que el corazón de la chica que
estaba frente a él comenzara a acelerarse del solo pensar en que conocería a
su padre. - ¿Quieres hacerlo? -preguntó sin dejar de mirarla.
La chica asintió rápidamente con la cabeza mientras pasaba una y otra vez por
su mente, la voz de su madre diciendo, ''Si tuviera la oportunidad de enseñarte
como era tu padre, la tomaría sin dudarlo, Sirenita mía.''
- Sí, por supuesto. -dijo más que segura antes de volver a mirar por la ventana,
mientras muchas cosas pasaban por su cabeza.
- Perfecto. Cuando tú quieras podemos hacerlo -dijo mientras se ponía de pie.
Siria se giró de nuevo y lo miro con seriedad, antes de decir.
- Mañana. - La joven estaba ansiosa por poder conocer al hombre con el que
había soñado más de una vez conocer.
- Mañana. -repitió el señor Potter caminando a la salida. - Te mandaré una
carta diciendo donde encontrarnos. -Siria asintió con la cabeza al escucharlo y
se fue a sentar en la cama cuando salió de la habitación, dejándola sola para
poder pensar y seguir llorando.
En habitación de la mansión Brodwell, donde siempre había luz, sonrisa y
felicidad, ya no había nada más que lágrimas de tristeza por el dolor que
causaba una pérdida, la pérdida más dura que alguien puede tener.
Todos los que no se habían ido estaban en la sala de la mansión, hablando y
haciendo lo que se hace en un momento así, siendo atendidos por los abuelos
de Siria.
La pelinegra, estaba abrazándose ella misma en su cama, sin dejar de llorar ni
un momento mientras recordaba todo lo que había vivido al lado de su madre y
lo que le había dicho Harry Potter, sabiendo que ahora viviría del recuerdo de
otra persona, como solía hacer con su padre.
Las horas pasaron y Siria había recibido la lechuza del señor Potter y esperaba
ansiosa a que sea la hora para ir al lugar indicado.
Se había sorprendido un poco que dijera para que se vieran en Hogsmeade,
pero sin dudarlo, estuvo en la entrada de las tres escobas a la hora indicada.
Siria caminaba de un lado a otro mientras esperaba a que el señor Potter
apareciera.
- Que hombre impuntual. –dijo Siria en voz alta, arreglando su abrigo por el frío
que estaba haciendo.
- Algo que tendría que cambiar, sin duda. -se escuchó una voz masculina, que
hizo girar sonrojada a la joven por ser escuchada.
- Lo siento. -dijo haciendo una pequeña mueca por la vergüenza del momento.
- Tranquila, es cierto. -dijo Potter sonriendo con una pizca traviesa, digna de un
hijo de merodeador. - Bien, vayamos a un lugar más tranquilo para poder
empezar. Siria asintió con la cabeza, comenzando a caminar a su lado,
dirigiéndose cerca de la casa de los gritos donde se detuvieron uno frente al
otro. Miró con atención lo que sacaba el señor Potter de su bolsillo mientras
abría los ojos sorprendida al ver un auténtico giratiempo.
- Wow, pensé que ya no habían más de esos. -dijo sorprendida mientras dejaba
que rodeara su cuello con el giratiempo, haciendo lo mismo con él.
- Era de Hermione pero tuvo que entregarlo al ministerio, y yo lo tomé prestado,
pero es un secreto. -dijo sonriendo Harry, guiñándole un ojo, antes de
comenzar a girar la manijita del giratiempo.
Las cosas comenzaron a moverse a su alrededor, mientras Siria miraba todo
con atención hasta marearse, cerrando los ojos un momento después.
- Listo. -dijo el hombre haciendo que abra los ojos de nuevo, viendo el mismo
lugar donde habían estado antes. - Tenemos que movernos, no tenemos
tiempo. -dijo antes de comenzar a caminar apresurado luego de sacar el
giratiempo del cuello de ambos, con la joven detrás, siguiéndolo sin dudarlo. -
Las reglas son fáciles, Siria... -hablaba casi susurrando- No te dejes ver. -La
joven asintió con la cabeza al escucharlo mientras con cuidado se dirigían a las
tres escobas, el señor Potter se detuvo en un momento y saco algo de su
abrigo; una capa. - Ven -dijo Harry antes de cubrirlos a ambos con ella,
dándose cuenta de que era la famosa capa de invisibilidad.
Caminaron hasta una de las mesas, uno junto al otro, un poco agachados para
que no se vean sus pies, y se quedaron allí sentados un buen rato.
- ¿Qué estamos esperando? -dijo soltando un suspiro luego de esperar un rato,
algo cansada de no estar haciendo nada más que eso, sintiendo que perdían el
tiempo.
- La paciencia trae recompensas, Siria. -dijo Harry, antes de que se escuchara
como se abría la puerta dejando entrar a cuatro jóvenes, riendo, felices. Siria
pudo reconocer inmediatamente a uno de ellos.
- Es mi padre. –susurró la joven con los ojos llenos de lágrimas, feliz de
conocerlo, aunque no pudiese hablar con él.
Siria pudo notar que tenían varios rasgos iguales, y algunas cosas en común
en su personalidad. Pudo escuchar suspirar algo al hombre que estaba a su
lado bajo la capa, sonriendo al verlo entrar. Esto era especial para los dos,
aunque sea un momento, era algo que jamás olvidarían.
- Ven, James...-gritó Sirius Black desde la barra mientras al lado suyo estaba
Remus Lupin, de quién también había escuchado hablar mucho. Los
merodeadores estaban frente a ellos.
Siria tomó la mano de Harry y le dio un pequeño apretón de apoyo al ver lo
emocionado que estaba al ver entrar a su padre. Estaban viendo a sus padres
jóvenes, viéndolos por primera vez, aunque sea de lejos.
Era un hermoso espectáculo ver a los merodeadores sentados en una mesa
mientras reían y charlaban animadamente.
- Creo que debemos irnos, Siria. -dijo el señor Potter con tristeza luego de un
rato largo, mirándola de nuevo luego de haber estado mirando también la
escena que estaba frente a ellos. Ambos emocionados.
- De acuerdo. -dijo asintiendo con la cabeza, limpiando las lágrimas que habían
caído de su rostro sin darse cuenta. Se pusieron de pie sin llamar la atención y
caminaron hasta la salida con cuidado, sin poder evitar el volver a mirar al
hombre que había estado siempre en su corazón, el hombre de sus sueños. -
Adiós, papá. –susurró la joven, diciendo la palabra que siempre había soñado
decir frente a él, antes de salir de las tres escobas, lista para volver a casa.
Caminaron en silencio, luego de quitarse la capa, pensando en todo lo que
habían visto. Se dirigieron nuevamente hacía donde habían estado antes, y
mientras el señor Potter ponía nuevamente el giratiempo en el cuello de
ambos, la joven Black lo miraba sonriendo, agradecida por el momento.
- Gracias...-le susurro, antes de que todo terminara.
Luego de un rato largo, Siria regresó a su casa y se dirigió a su habitación,
abrió un cajón y sacó el diario de su madre donde escribía todo desde que
estaba en Hogwarts, a pedido de ella.
Su madre no quería perderse nunca algo que pasara en su vida, y por eso le
escribía en el diario todo lo que pasaba mientras estaban lejos, y eso haría.
Le escribió a su madre que había conocido al hombre que ella había amado
hasta su último suspiro, y que era tal como ella le había contado, un hombre
guapo y divertido, lleno de vida. Le escribió por un buen rato a su madre,
sabiendo que algún día, ella se lo contaría.
Los años siguientes no fueron fáciles, la ausencia de su madre se notaba todos
los días, y vivir con su abuela no era de su agrado, aunque la quisiera mucho.
Al terminar sus estudios en Hogwarts, regresó a la mansión Brodwell y se
enteró que su amigo de la infancia, que era un vampiro, había sido asesinado
por mortifagos. Y sin poder soportar más muertes, Siria decidió irse del mundo
mágico.
Siria sentía que ya no podía más, que ahora si estaba sola del todo en
Bulgaria, y quería dejar atrás todo el dolor, dejar todo en el lugar donde había
nacido.
Su amigo, quién le había enseñado todo sobre los de su clase, le había dejado
sangre de vampiro por si algún día la necesitaba para vivir la eternidad como
uno, pero Siria sin saber qué hacer con esa sangre, la guardó con mucho
cuidado, escondiéndola en un cofre que pertenecía a su madre cuando era
joven, ya que no encontraba razón para beberla y ser inmortal.
[…]
La joven llegó a Londres muggle, fascinada por el hermoso lugar que sería su
hogar ahora, lista para nuevas aventuras. Siria amaba vivir en ese lugar, había
conseguido un departamento pequeño pero bonito, frente a un bar donde el
dueño era un nuevo amigo que había conocido allí, se sentía bien, feliz o como
podía serlo por lo menos.
Vivía de fiesta, conociendo gente y demás, pero todo cambio cuando lo conoció
a él, aunque no duraron mucho, y salió con más heridas de las que ya tenía.
Las luces de Londres alumbraban las calles de una hermosa noche que pedía
a gritos ser disfrutada, pero Siria se encontraba tirada en su cama, sin dejar de
llorar por haber sido tan idiota de no darse cuenta de lo que pasaba.
Había caído como idiota en las redes del amor y se encontraba llorando en su
habitación a oscuras, como cuando apenas era una niña y el niño que le
gustaba no le hacía caso, pensando en que había causado que esa persona
actuara de esa manera, en cuál fue su error. ¿Había sido su error? ¿O el de él?
¿Cómo podría saberlo?
Recordaba el momento en el que ella había conocido a ese hombre, no era el
lugar más romántico del mundo ni un hermoso momento, pero no le importaba
nada en ese entonces. Lo que había comenzado como una conversación de
dos desconocidos en una cafetería, terminó convirtiéndose en una hermosa
relación.
Apenas había llegado a la ciudad cuando lo conoció, un año sin poder superar
que la mujer de su vida ya no estaba, pero él había logrado el poco tiempo que
su mundo se parara por un momento para mostrarle de a poco que podía
mejorar su vida, subiéndola a lo más alto del cielo para que él luego la dejará
caer y le mostrara lo cruel que podía ser el amor.
Habían pasado 5 meses desde que se habían separado y Siria se sentía una
niña pequeña llorando por alguien que había arruinado una hermosa relación,
con sueños al futuro, por una noche con una desconocida, por tonterías que
dolían. Se sentó en la cama y soltó un suspiro, limpiando sus lágrimas mientras
se ponía de pie para mirarse en el espejo.
- Tú no eres así, Siria. -dijo antes de girarse para irse a dar una ducha y luego
ponerse una ropa sensual como las que usaba siempre cuando comenzó a ir a
discotecas para divertirse, o fingir hacerlo mientras lloraba cada noche sin
poder despedirse de su madre aún, poniéndose una máscara cada mañana
para esconder su dolor cuando salía al mundo.
Se miró nuevamente en el espejo y se puso un poco de maquillaje, y el labial
rojo que no podía faltar al igual que los tacones que amaba usar, eso era lo que
la caracterizaba, lo que la hacía ser ella. Luego agarró su bolso y abrigo, lista
para salir a olvidarse de todo, caminando hasta el lugar donde solía ir a bailar
con su mejor amiga. El lugar se encontraba cerca de su departamento, ya que
no vivía en un lugar elegante como vivió toda su vida, sino algo nocturno,
fiestero y lleno de juventud, donde cualquier chico o chica podría despejarse
con una noche de locura.
Le escribió a Jackson, su amigo, para avisarle que iría a la discoteca, y que él
sería su acompañante, contenta cuando acepto sin peros ni quejas.
Al llegar al lugar la música invadía cada rincón y la gente bailaba por todos
lados mientras bebían o coqueteaban, disfrutando de todo. Siria había logrado
que Jackson saliera a bailar con un chico, con quién parecía que había tenido
química.
La joven bebió un poco del trago que tenía en la mano y comenzó a caminar
hacia la pista, pero sin darse cuenta chocó con un chico, haciendo que su
bebida caiga en la ropa del joven.
- Lo siento mucho. -dijo totalmente avergonzada de lo que había pasado, sin
saber qué hacer, miró al chico y le sonrió algo nerviosa, mirándolo a los ojos un
momento. - Te compraré otra bebida. -le dijo antes de alejarse para ir a la
barra, moviendo las caderas de forma coqueta como solía hacer al caminar
para luego apoyarse en la barra y pedir un trago para el chico, y uno nuevo
para ella.
Se quedó hablando con el chico, sonriendo ante lo tierno y lo interesante que
se veía que era. Su piel se erizo cuando le tocó la mejilla para luego acercarse
a ella y besarla, sin poder evitarlo, le devolvió el beso de la misma manera,
agarrándolo del cuello de su camisa, para luego separarse un poco por falta de
aire y sonreírle antes de volver a besarlo.
La noche había sido más interesante de lo que ella pensaba, Siria se despidió
del chico de la discoteca desde la entrada de su departamento con sólo una
camisa y unas bragas puestas, cerró la puerta antes de volver a su habitación,
sonriendo contenta por la noche que había pasado.
Los días siguieron normalmente desde esa noche y Siria se encontraba un
poco más tranquila respecto a lo que había pasado con su expareja en ese
momento, aunque podía jurar que se había escuchado su corazón romperse
cuando lo vio de la mano con su nueva novia, a la mañana siguiente de la
noche de la discoteca.
Parece que lo había sido una noche para Siria, había sido el comienzo de otra
relación para él.
La joven Black había aprendido lo que era un corazón roto, y había jurado que
no iba a dejar que eso le pasará de nuevo, que la lastimarán así. ¿Pero cómo
iba a saber que todo eso cambiaría luego? ¿Qué iba a conocer a alguien que
se iba a encargar de juntar poco a poco los pedazos rotos y pegarlos con
amor? La vida y el amor son locos, pero no porque se haya tenido un error en
la vida, no significaba que no se encontraría al amor de su vida, y eso lo supo
Siria cuando lo conoció a él una noche en el bar que pertenecía a su amigo,
Jackson.
-Hola, Siria. –Saludo Jackson, con una gran sonrisa- ¿Cómo estás hoy? No te
veo desde hace mucho. –dijo antes de agarrar una copa, sabiendo lo que iba a
pedir. - Lo mismo de siempre, ¿verdad? –preguntó sonriendo de lado, haciendo
que la chica asintiera con la cabeza para comenzar a prepararle un martini.
-Todo súper aburrido –dijo haciendo una mueca mientras se sentaba, junto a un
chico, pero sin prestarle atención. - Creo que mi vida es de una mujer de 80
años, debería salir más, conocer chicos y tener sexo...- dijo divertida la joven,
susurrando lo último. La confianza que tenía con su amigo Jackson era
divertida, solían decir cosas que no les decían a otras personas. Muchos solían
pensar que coqueteaban, pero no, Jackson era gay y eso le encantaba a Siria,
pero aun así solía decirle cosas que hacían dudar de su sexualidad. – ...Pero
ya sabes, se acerca la fecha y me deprimo. –dijo algo triste, haciendo que
Jackson la mirara con algo de pena, como solía hacer cuando la veía triste en
esas fechas. El aniversario de muerte de Amethyst se acercaba y eso ponía
mal a Siria.
La necesitaba demasiado, aún lo hacía y siempre lo haría.
- ¿Qué tal todo, Jackson? –preguntó mirándolo, volviendo a sonreír.
-Ya sabes...-dijo haciendo una mueca divertida, encogiéndose un poco de
hombros- no salgo de aquí si no es para verme con Gideon o ir al médico. Creo
que estamos volviéndonos viejos, Siria. –dijo riendo levemente mientras le
entregaba el martini a Siria, poniendo dos aceitunas en la bebida.
-Dame más aceitunas, Jackson. –dijo Siria mirándolo como una niña pequeña,
atreviéndose a hacer un pucherito, haciéndolo reír. Agarró un platito y puso
muchas aceitunas en él.- Eres el mejor. –dijo antes de agarrar una aceituna con
el palito que estaba en la bebida y llevarla a su boca que resaltaba con el labial
rojo que tenía puesto.
-Tengo que seguir atendiendo, linda. No te robes más aceitunas, Siria. - Dijo su
amigo sonriendo divertido, sabiendo que cuando se las terminará, iría por más.
La joven se encargó de mirarlo mientras se iba a seguir atendiendo a las
personas que no dejaban de llegar.
-¿Siria? –dijo el chico que estaba sentado a su lado, llamando su atención. ¿Lo
conocía? pensó Siria al mirarlo. - Tienes el nombre de un país. –dijo haciéndola
sonreír ante su comentario. Lo miró un momento mientras pensaba que era
guapo.
-No es algo que me digan todos los días para comenzar una conversación,
pero sí. –dijo Siria negando con la cabeza divertida antes de volver a comer
otra aceituna, sintiendo la mirada del chico aún sobre ella.
Ambos se analizaban con la mirada cuando el otro se distraía. Ella lo miro y él
le sonrió.
''Mierda'' dijo mentalmente Siria.
Tenía una sonrisa que volvería loca a cualquier chica y ella estaba más que
segura que ya estaba totalmente pérdida en ella, que le gustaría verla cada
mañana al despertar. ¡Por Salazar, Siria! ¡Tranquila!
- ¿Te gustan mucho las aceitunas? –Preguntó intentando volver a sacar una
conversación, la joven asintió con la cabeza antes de aclarar un poco la
garganta.
- Las adoro. –dijo sonriendo mientras se movía un poco para quedar mirándolo
mejor- Tú sabes mi nombre y yo no sé el tuyo. –dijo levantando una ceja,
volviendo a sonreír algo coqueta.
- Daniel. Daniel Wood.-dijo volviendo a sonreír, haciendo que la chica volviera a
maldecir por dentro nuevamente, estirando su mano para poder estrechar la de
la joven.
-Un gusto, Daniel. –dijo antes de soltar su mano, sintiendo cosquillas en ella,
como una pequeña electricidad.
Ambos se quedaron hablando un rato más, quizás horas. Siria podía sentir la
mirada de Jackson en ambos, pero la joven no dejaba de mirar a Daniel que,
entre risas y sonrisas coquetas, le contaba lo más vergonzoso que le pasó en
la vida.
-Tu turno. –dijo al terminar de hablar. Siria quedó un momento el silencio,
mientras pensaba que contarle y comenzó con el día que se había
emborrachado y todo había terminado mal.
Ambos se contaron cosas de su familia, de su vida, pero Siria omitió la parte de
que era una bruja, ya que no era de contarle esas cosas a los muggles que la
rodeaban.
Los jóvenes no sabían cuántas horas habían pasado en ese bar, pero no
querían irse. ¿Alguna vez sintieron que estaban destinados a conocer a una
persona? ¿A enamorarse? ¿Cómo si tuvieran que encontrarse para que su vida
cambiara por completo? Siria podía jurar que en ese momento había
encontrado a alguien que la ayudaría a encontrarse a ella misma, a quién había
buscado sin saberlo, a alguien que estaba destinada a conocer para ser feliz de
nuevo, que la iba a hacer sentir completa y viva otra vez, mostrándole lo que
era el amor verdadero que pensó que no volvería a sentir.
Un viejo mito chino que había leído la joven hace unos días, sonó en su
cabeza:
« Uɴ ʜɪʟᴏ ʀᴏᴊᴏ ɪɴᴠɪsɪʙʟᴇ ᴄᴏɴᴇᴄᴛᴀ ᴀ ᴀϙᴜᴇʟʟᴏs ϙᴜᴇ ᴇsᴛáɴ ᴅᴇsᴛɪɴᴀᴅᴏs ᴀ
ᴇɴᴄᴏɴᴛʀᴀʀsᴇ, sɪɴ ɪᴍᴘᴏʀᴛᴀʀ ᴛɪᴇᴍᴘᴏ, ʟᴜɢᴀʀ ᴏ ᴄɪʀᴄᴜɴsᴛᴀɴᴄɪᴀs. Eʟ ʜɪʟᴏ sᴇ ᴘᴜᴇᴅᴇ
ᴇsᴛɪʀᴀʀ ᴏ ᴄᴏɴᴛʀᴀᴇʀ, ᴘᴇʀᴏ ɴᴜɴᴄᴀ ʀᴏᴍᴘᴇʀ ».
Siria negó con la cabeza, divertida por sus pensamientos y volvió a prestar toda
su atención al chico. La joven sentía que algo estaba cambiando en este
momento, pero no quería llegar a ilusionarse más de lo que debía. Ya sabía lo
que era un corazón roto y no quería volver a arriesgarse, pero ¿quién entiende
al corazón y al amor?
-¿Quieres ir a otro lado? –preguntó Daniel, haciéndole pensar si él sentía lo
mismo sobre alejarse.
-Claro. –dijo asintiendo, sonriendo. Se levantaron de la silla sin pensar que,
desde ese momento, comenzaba una hermosa historia de amor.
[ … ]
-...Los declaro marido y mujer. Señor Wood, puede besar a la novia. –sus
labios se juntaron con amor al escuchar las palabras que tanto habían
esperado.
Por fin habían sellado su amor delante de todos, el amor que había nacido
desde ese día en el bar, y que día a día se esforzaban por mantener vivo.
La fiesta había comenzado, Siria bailaba lentamente junto a su esposo una
canción que no era para nada lenta, pero disfrutando de cada momento de su
nueva vida como Siria Wood.
-Daniel...-susurró cerca del oído de su esposo para llamar un poco más su
atención, haciendo que la mirara- Te amo. –dijo sonriendo, mirándolo con amor
antes de besar sus labios de nuevo.
La señora Wood estaba más que feliz por la nueva vida que comenzaba al lado
del hombre que amaba con su vida.
La boda había sido hermosa, y luego de un rato, se fueron a su nueva casa
para prepararse para ir a la luna de miel que tanto esperaban, sabiendo que iba
a ser muy hermosa y especial para ambos, parecían dos adolescentes tontos
enamorados.
Los días habían pasado y Siria se encontraba más que feliz por levantarse
cada mañana al lado del hombre que amaba, llevando su apellido y
desayunando a su lado para mimarse desde que despertaban hasta que se
iban a dormir de nuevo.
Pero unos días después Siria, comenzó a notarse más extraña, que se
mareaba de nada y todo lo que comía le caía mal, comenzó a recordar la última
vez que había tenido la regla, y sin pensarlo dos veces, fue a hacerse unos
análisis para comprobar si sus sospechas eran reales.
La señora Wood se encontraba en el hospital, sentada esperando a que le
entregaran los análisis que se había hecho. Estaba totalmente nerviosa y
admitía que tenía una pequeña esperanza de que confirmaran lo que tanto
habían estado esperando ella y su esposo, Daniel.
Siria no dejaba de mover los pies, haciendo que los tacones sonaran contra el
suelo, mientras movía su anillo de matrimonio en su dedo como solía hacer
cuando estaba nerviosa, causando que varias enfermeras la miraran de mala
manera por el ruido que estaba haciendo, pero no le importaba nada en ese
momento más que saber lo que iba a decirle el médico.
Los días habían estado movidos mientras por la mente de Siria no dejaba de
pasar todo lo que estaba sintiendo, rogando que no sea más que una hermosa
noticia.
Luego una hora, que se le hizo eterna a la joven, una enfermera salió con un
sobre en la mano, y con una sonrisa, se lo entregó, deseándole suerte para lo
que quería saber.
Siria había pedido por favor que no enviará el sobre a su casa, por miedo a que
llevara cuando estuviese Daniel en el lugar. Cuando tuvo el sobre con el
resultado en la mano, lo abrió casi con desesperación y leyó rápidamente lo
que decía. No sabía cuánto tiempo estuvo releyendo lo que decía la hoja, pero
todavía seguía sin caer en lo que veía.
''Positivo''
Volvió a leer una y otra vez.
Una gran sonrisa resaltaba en el rostro de Siria, sintiendo como las lágrimas
llenaban sus ojos intentando salir.
Iba a ser madre.
Llevó su mano al vientre de ocho semanas, y lo acarició con amor. Sentía que
no cabía de la felicidad y que era el momento más hermoso luego de tanto
sufrimiento en el pasado.
-Seré mamá. –dijo para sí misma, susurrando, dejando que las lágrimas
cayeran.
Siria podía imaginar la felicidad de su esposo cuando se enterará de que iba a
ser padre.
Guardó el sobre en su bolso cuando recordó que Daniel tenía que saberlo, y
salió del hospital, dispuesta a decirle a su esposo que iban a ser padres. Subió
a su auto que había dejado estacionado a una calle del hospital muggle, y fue
hasta la casa donde ahora vivía con Daniel, al llegar estacionó el auto y salió
del mismo para luego detenerse frente a la puerta al llegar, pensando un
momento. ¿Por qué no esperar a un momento especial para decirle que iban a
ser padres? Sonriendo, Siria abre la cartera para sacar las llaves de la casa y
así poder entrar.
-Amor. –dijo Daniel sonriendo al verla llegar, mientras bajaba las escaleras.
Siria cierra la puerta con una sonrisa que no podía ocultar y se acerca casi
corriendo para besarlo con amor y felicidad, subiendo sus piernas en su
cintura, rodeando su cuello con sus brazos, mientras él la agarraba para que no
se cayera, devolviéndole el beso con el mismo amor, mientras la pegaba a la
pared mostrando como la pasión subía con un solo beso, mostrando como la
llama de su amor aún seguía más viva que nunca.
Los días pasaron y era algo difícil para Siria esconder las náuseas de Daniel,
pero agradecía que los mareos se habían calmado un poco.
La joven comía más chocolates de lo normal y las aceitunas que tanto adoraba,
no las podía ni oler. Se entristecía, pero a la vez le daba nauseas el sólo
pensar en ella. Pero luego de todo eso, se sentía genial saber que una vida
crecía dentro de ella.
Solía mirarse en el espejo y acariciar su vientre cuando Daniel no la veía. Aún
no se notaba mucho, parecía que había subido un poco de peso por todo lo
que comía, y a Siria le daba gracia saber que Daniel jamás diría nada sobre
eso, pero el saber que estaba su bebé en su vientre era lo que más amaba.
El día que tanto había esperado, había llegado por fin. La hora de decirle a
Daniel que estaba embarazada.
Siria se puso de pie luego de ponerse los tacones y camino desde la cama
hasta el espejo grande que estaba en la habitación matrimonial de su casa,
donde se veía todo su cuerpo, con el vestido rojo puesto. Donde poco a poco,
podía notar el vientre de catorce semanas.
La doctora le había dicho que la panza podría salir en cualquier momento, que
al ser delgada su vientre no iba a notarse mucho al principio, pero que todo
estaba bien. Más que bien.
Solía hacerse controles seguidos, por miedo a que les pasara algo. Sí, ''les'',
eran dos pequeños en el vientre de la joven señora Wood. Iba a ser madre de
dos pequeños que eran la mitad del hombre que amaba. Decían que los
primeros tres meses eran complicados, y ella tenía miedo de eso, tenía miedo
de que sus rayitos de luz se apagarán, entonces los cuidaba con su vida.
Luego de unas horas, donde Siria y Daniel se encontraban cenando en un
hermoso restaurante, la joven le dijo a Daniel que era hora de irse, pero que
quería ir a otro lugar antes de ir a su casa, y entonces se dirigieron a un
hermoso prado donde al llegar, hizo aparecer con magia un mantel en el
césped, donde se quedaron hablando un rato.
La noche paso con tranquilidad, entre besos y risas con su esposo, como
siempre. Hasta que llegó el momento de que Siria se pusiera de pie, diciéndole
que cerrara los ojos a Daniel para poder entregarle una sorpresa que tenía
preparada para él.
- No hagas trampa, Wood. –le dijo sonriendo mientras dejaba un beso en los
labios de su esposo, haciendo aparecer con su magia un cofre en sus manos
donde tenía ropitas de bebés y la prueba de embarazo con una nota que decía
''Te amamos, papá''- Ya puedes abrir los ojos, mi amor. –le dijo Siria sonriendo
más que feliz.
La reacción de sorpresa y felicidad de Daniel no se hizo esperar, se acercó y
beso los labios de su esposa con amor, intentando demostrar en ese beso lo
mucho que se amaban.
- ¿Es en serio? –dijo Daniel mirando el cofre, sin dejar de sonreír- ¿Vamos a
tener un bebé?
- Sí, son dos bebés, en realidad. –dijo sonriendo la castaña, asintiendo con la
cabeza, feliz por el hermoso momento que estaban viviendo, viendo a su
familia crecer como tanto habían soñado. - Estoy embarazada. –dijo feliz,
llevando sus manos a su vientre, viendo la gran sonrisa de su esposo.
- Estamos embarazados. –dijo antes de agarrar su rostro con delicadeza para
besarla lentamente. - Tendremos dos bebés. –susurró Daniel llenando su rostro
de besos, igual de feliz que Siria. - ¡Seremos padres! –dijo intentando no saltar
de la emoción como niña pequeña.
Daniel miró el cofre nuevamente dejándola ver como sus ojos se llenan de
lágrimas, mientras unía sus frentes como solían hacer, dejando que las
lágrimas cayeran. Siria llevó una mano a su mejilla y sonrió mientras sus ojos
también se llenaban de lágrimas, guardando otro hermoso recuerdo que le
regalaba la vida.
- Estoy feliz. –susurró su esposo, haciendo que sonriera para luego dejar un
beso en los labios de él.
- Y yo. –dijo susurrando Siria.- Te amo.
- Te amo, mi amor. –dijo Daniel de la misma manera antes de besarla de
nuevo, en un beso largo y dulce mientras Siria rodeaba su cuello con los
brazos, haciendo que él rodeaba su cintura con los suyos. - Nuestra familia se
hace más grande y hermosa –dijo mientras acariciaba su mejilla con ternura.
- Muy hermosa. –dijo feliz antes de volver a besarlo.
Los días pasaban y Daniel cuidaba a Siria más que antes, no la dejaba hacer
absolutamente nada y la consentía en todos los antojos, hasta en los más raros
a altas horas de la noche.
El día de saber que eran los pequeños Wood, se acercaba, Daniel estaba
ansioso y nervioso por saber que diría la doctora, y Siria estaba emocionada
por saber que eran y así poder comprar todas las cosas para los sapitos, como
los llamaba su padre con cariño.
-Daniel, amor, despierta. ¡Hoy sabremos que son los bebés! –dijo Siria
tirándose encima de su esposo para que despertara, llenándolo de besos.-
Amor, abre los ojos. –dijo entre besos, sonriendo cuando le corresponde el
beso, agarrándola de la cintura. – ¡Hoy es el día, amor! –dijo emocionada al
separarse. - El desayuno está en la mesa, terminamos y nos vamos. ¡Arriba,
Wood! -dijo contenta.
Siria salió de la habitación mientras su esposo se desperezaba, dejándolo,
sonriendo por el despertar movido de su esposa, y caminó a la cocina para
terminar bien todo lo que tenía que hacer. Luego de unos minutos, Daniel bajó
para comenzar a desayunar, ya listo para irse. La joven se sentó en la silla
junto a él para comenzar a desayunar mientras hablaban, imaginando como
serían los pequeños sapitos.
Una vez en el hospital, Siria se sentó en la camilla donde la doctora le pondría
el gel en su vientre que comenzaba a hacerse más notorio cada vez.
Daniel agarró su mano, haciendo que ella la acariciará con ternura mientras en
la pantalla comenzaba a escucharse los corazones de los nuevos integrantes
de la pequeña pero hermosa familia Wood.
-Claramente son dos... –Comenzó a decir la doctora luego de un rato, mientras
seguía moviendo el aparato para ver bien al pequeño que se escondía- Son
una niña y un niño. –dijo sonriendo la doctora, haciendo que Siria apretará la
mano de Daniel al saber que tendrían la parejita que tanto habían querido. Ya
que Daniel quería un niño y Siria una niña, y parecía que el deseo de los dos
se había hecho realidad. - Felicidades, papis. –dijo la mujer sonriendo, antes de
ponerse de pie.
-Te amo. –Le susurró Daniel cuando la doctora salió para dejarlos solos un
momento.
-Te amo. –respondió Siria a su esposo antes de besarlo con amor, contenta.
Luego de un momento, la doctora volvió con una foto de los bebés y una copia
de esta, dándole una servilleta húmeda a Siria para limpiar el gel que estaba en
su vientre.
Luego de agradecerle a la doctora, salieron del consultorio y se dirigieron a la
casa en auto, felices por la hermosa noticia.
El embarazo iba bien y los pequeños crecían día a día, entrando ya en los
cinco meses, haciendo que el vientre de Siria se vea cada vez más grande,
pero según Daniel, seguía igual de hermosa que siempre. Eso era algo que
Siria adoraba de su esposo, que la hacía sentir perfecta a su lado, con su amor
y sus mimos.
El día que habían pedido turno para la ecografía 3D había llegado, donde
verían bien a los pequeños.
Se alistaron para salir de casa e ir al auto, ansiosos. Y al llegar al lugar, la
doctora los esperaba con una sonrisa, haciendo que Siria se dirija a la camilla
para que pueda hacerle la ecografía de una vez.
- Aquí está la princesa. –dijo la mujer luego de unos segundos, sonriendo
mientras dejaba ver a pequeña Wood, quién se mostró primero al poner el
aparato en su vientre, sobre el gel.
- Holland. –dijo Siria sonriendo el nombre de su princesa, quién se veía
perfectamente en el aparato. Holland Francia Black Wood sería el nombre de la
pequeña que pronto llegaría al mundo junto a su hermanito. – Mírala, amor. –
dijo sonriendo, siempre agarrada de la mano de Daniel, sin apartar la mirada de
la pequeña. Su esposo se encontraba callado, embobado con la pantalla y
como si ella lo supiera, sonrió para él.- Oh, amor. –dijo llevando su mano libre a
la boca, dejando salir algunas lágrimas al ver a la pequeña hacer eso.
- Es hermosa. –dijo el señor Wood sonriendo, antes de acercarse a los labios
de su esposa para besarlos con amor, mientras ella seguía llorando, más
sensible que nunca.
- Y aquí está el príncipe, chupando su dedito. –dijo la mujer mientras dejaba ver
ahora a Nathan Leone Black Wood en la pantalla.
- Mi campeón. –dijo su esposo acariciando la mano de Siria, sin dejar de mirar
la pantalla, mientras ella lo miraba con amor al saber el gran padre que
tendrían sus sapitos.
- Les haré un vídeo. –dijo doctora sonriendo ante la hermosa escena antes de
girarse para seguir haciendo lo suyo, luego de darle una servilleta húmeda a
Siria para limpiarse el vientre.
Pasaron todo el camino de vuelta hablando de todo lo que les faltaba comprar
para cuando llegaran los pequeños, emocionados.
El tiempo pasaba y los pequeños estaban cada vez más inquietos, y haciendo
que Siria siempre llevara su mano al vientre para acariciarlo, haciendo que se
calmaran un poco cuando ella les cantaba suavemente. Pero cuando se ponían
tan inquietos que ni cantando se tranquilizaban y comenzaba a causar una leve
molestia, quién lograba calmarlos era su padre, que, con tal solo escuchar su
voz, los pequeños se quedaban quietitos para él y así Siria lograba dormir todo
lo que quedaba de la noche, sabiendo que los pequeños sapitos, serían dos
remolinos sin duda alguna, pero dos remolinos totalmente hermosos y que
deseaba tener en ya en sus brazos.
El vientre de la señora Wood estaba cada vez más grande, ella lo llevaba con
suma felicidad al saber que sus pequeños estaba creciendo y que el tiempo se
acercaba, y que ya pronto podría conocerlos.
- La cena está en la mesa, amor. –dijo Siria llamando a su esposo, mientras se
sentaba para comenzar a comer, acariciando su vientre suavemente como
hacía siempre. Le encantaba ver como el embarazo iba con tranquilidad, y la
alegría llenaba la casa Wood, pero como todo en la vida, no todo es color de
rosas y a veces pasan cosas, que uno no puede controlar.
La lluvia golpeaba la ventana donde la señora Wood se encontraba sentada en
su lugar favorito en la habitación que compartía con su esposo; un pequeño
sillón que habían puesto frente a la ventana donde solía escribir en su diario
cuando se encontraba sola.
Siria acariciaba su vientre de siete meses, sintiendo lo inquietos que estaban
los pequeños Wood que venían en camino.
- ¿Ya despertaron? -le dijo con ternura mientras movía la mano para buscar
donde iban a patear esta vez, deteniéndose al sentir una pequeña patadita
como respuesta, sabiendo que ese era un saludo para ella. - Hola, sapitos. –les
dijo sonriendo antes de seguir mirando por la ventana, antes de tener que
levantarse para ir a ordenar todo lo que tenía que hacer antes de que su
esposo llegara del trabajo, aun no era el momento para que él viera todo lo que
tenía listo para el día especial que llegaría pronto.– Guardemos esto, amores. –
dijo Siria mientras comenzaba a meter las cosas en una caja que había puesto
en la mesa que estaba en la sala, donde había guardado toda la decoración
para ese día.
Comenzó a meter todo en la caja con cuidado y luego la levanto un poco para
dejarla en la mesa de nuevo al notar que pesaba demasiado para poder llevarla
ella sola, entonces sacó su varita e hizo un pequeño movimiento con ella
haciendo que la caja se levante en el aire y comience a moverse hasta la
escalera que daba al sótano de la casa enorme en la que vivían, donde
guardaba todo bajo un pequeño hechizo para que Daniel no viera antes toda la
sorpresa, y alguna otra cosa que tenía en un cofre que le había regalado su
madre antes de morir.
Siria siguió a la caja hasta el sótano y vio cómo se acomodaba en su lugar,
antes de girar sin darse cuenta del fierro que estaba mal acomodado en un
costado, haciéndole una gran herida en el brazo haciendo que soltara un grito
fuerte por el dolor, mientras veía como sangraba demasiado, haciendo que
llevara una mano a su brazo para intentar detener la sangre, al escuchar como
su esposo hacía sonar la bocina del auto para avisarle que había llegado,
levantó la mirada, pensando rápido que hacer.
- Oh, diablos. –susurró mientras volvía a ver su brazo, observando las cajas
amontonadas, haciendo que agarrara de nuevo su varita, moviéndola
correctamente, realizando un hechizo no verbal para que dejara ver lo que
tenía oculto entre las cajas; el cofre de su madre, donde tenía la sangre que le
había dado su amigo Stiles, el vampiro que había sido su amigo, antes de que
lo asesinaran. Siria nunca había usado la sangre de Stiles y había prometido
usarla con Daniel cuando sea el momento en el que ambos estén listo para lo
que llevaba beber esa sangre, listos para vivir su amor eternamente. Pero no
quería que su esposo se preocupara por una herida estúpida que le había
pasado por no mirar que había a su alrededor.
La joven señora Wood, agarró el cofre y saco un frasco pequeño que contenía
un líquido rojo, lo único que le quedaba de su amigo antes de perderlo para
siempre.
- Sólo un poco, Siria. –dijo abriendo el frasco para beber un poco de la sangre,
haciendo una mueva al sentir su sabor metálico pasar por su garganta,
causando una pequeña arcada, luego lo cerró rápido y volvió a guardarlo en su
lugar, viendo como poco a poco la herida se cerraba, dejando solo sangre en
su brazo. Siria pasó la varita por el brazo, limpiando la sangre, junto a la que
había caído en la ropa, dejándola como nueva.
- ¿Siria? -escuchó como la llamaba su esposo, viendo el cofre de su madre por
última vez antes de volver a ocultarlo con un movimiento de varita.
-Ya voy, amor. –dijo Siria acariciando su vientre, luego de guarda la varita en el
bolsillo del pantalón pijama que llevaba puesto- Será nuestro secreto,
pequeños. –le dijo susurrando a Holland y Nathan antes de subir las escaleras
para ir donde estaba su esposo en la sala, quitándose el abrigo para colgarlo
en el perchero. - Hola, amor. –dijo con un tono cariñoso antes de rodear el
cuello de su amado con sus brazos para besarlo sin borrar la sonrisa, sintiendo
como el beso era correspondido de la misma manera.
Siria le sirvió la cena a su esposo y se sentaron en la mesa para comenzar a
comer, hablando del día que habían tenido, entre otras cosas más.
- ¿Cómo están mis sapitos? -dijo Daniel al terminar de comer, mirándola con
adoración.
- Bien, son unos dormilones como mamá –dijo su esposa sonriendo, mirándolo
de la misma manera- Mañana temprano tengo que ir a comprar unas cosas
para la habitación de los pequeños porque la mujer me dijo que no abrirán está
semana, así que tengo que estar ahí temprano. –dijo mientras con el tenedor
movía las lentejas que estaban en su plato, como niña pequeña, robándole una
sonrisa tierna a su esposo.
- Iré contigo. –dijo el señor Wood antes de meterse un bocado de comida.
- Tú debes descansar. –dijo la castaña, negando la cabeza mientras apartaba
la mirada de su plato- trabajaste mucho, cariño. Debes dormir bien –dijo con
ternura.
- De acuerdo. –dijo antes de bostezar, rindiéndose al final, sabiendo que Siria
no iba a darse por vencida hasta que aceptara lo que estaba diciéndole.
- A dormir, señor Wood. –dijo la señora Wood antes de levantar su plato de la
mesa para ir hasta la cocina, moviendo las caderas como solía hacer.
Luego de la cena, se acurrucaron en la cama para dormir con tranquilidad.
- Descansa, mi amor. –dijo susurrando su esposo, besando la cabeza de la
joven mientras ella se dormía poco a poco en sus brazos.
Al día siguiente, Siria se levantó temprano con cuidado para no despertar a
Daniel, se dio una ducha rápida antes de salir de la casa para subir al auto e ir
a la tienda de Nancy, donde vendía cosas para bebés.
Comenzó a manejar hasta el lugar luego de ponerse el cinturón de seguridad.
Las calles seguían mojadas por la lluvia que no había parado en toda la noche,
se detuvo en el semáforo en rojo y agarró su móvil que comenzó a sonar,
viendo el nombre de Nancy en la pantalla, la joven iba a contestar cuando el
semáforo se puso nuevamente en verde, haciendo que vuelva a ponerse en
marcha pero como el teléfono no dejaba de sonar, volvió a mirar la pantalla un
momento que pareció eterno al sentir un fuerte golpe en el lado derecho del
auto, haciendo que este se moviera y comenzara a girar, mientras Siria cubría
su vientre protegiendo a sus pequeños, sintiendo como el auto daba vueltas y
su cabeza se movía para todos lados, clavando en el rostro de la joven algunos
vidrios que se habían roto volando por el aire.
Cuando el auto se detuvo, sintió un fuerte golpe en la cabeza antes de
comenzar a ver todo borroso, escuchando gritos a su alrededor, viendo como la
gente se acercaba al auto que había quedado volteado mientras ella luchaba
por mantenerse consciente.
- Mis bebés...-repetía una y otra vez la joven Wood, sintiendo que no podía
moverse por las heridas que tenía, viendo como una persona se agachaba
para hablarle, pero ella no escuchaba nada por lo aturdida que había quedado.
- Mis bebés...-repitió Siria, rogando que su voz se escuchara.
- ¡Está embarazada! –comenzó a gritar esa persona, viendo más movimiento a
su alrededor.- No cierres los ojos, quédate conmigo –decía una y otra vez la
mujer, mientras los ojos de Siria se cerraban lentamente sin poder resistirse,
sintiendo como su cuerpo se dormía, como si se alejara de ella.
- Mis bebés...-decía una y otra vez, mientras las imágenes de lo que pasó la
noche anterior pasaban por su mente una y otra vez, recordándole que tenía la
sangre de Stiles en su cuerpo, que aún no habían pasado las 24 horas. -
Salven a mis bebés. Sálvenlos a ellos. –dijo agarrando la mano de la mujer que
estaba hablando con ella, antes de desmayarse, quedando inconsciente.
- ¡Preparen la sala de operaciones ahora! –gritaba un hombre mientras Siria
sentía como todo se movía a su alrededor, todos hablaban fuerte y corrían para
todos lados. - ¡Tenemos que sacarle a los bebés! El pulso de la madre está
bajando...- comenzó a decirle el doctor a alguien que estaba más cerca de él,
ya que había dejado de gritar.
- ¡Déjenme pasar! ¡Es mi esposa! –Siria intentó abrir los ojos al escuchar la voz
que reconocería entre la multitud, la voz de su esposo, pero no podía moverse,
solo escuchaba lo que pasaba a su alrededor.
- No puede pasar, señor. –la voz de una mujer que pensaba que podía detener
al señor Wood de no acercarse a su esposa.
- ¡Suéltame! –se escuchó antes de que Siria comenzara a sentir como tocaba
suavemente su mejilla.
- Señor, debe quedarse aquí. No podemos perder tiempo.
- ¡Es mi esposa! –gritó Daniel con la voz rota.
- Si no sacamos a los bebés, morirán los tres... -le dijo el doctor.
Siria no pudo escuchar la respuesta de su esposo en ese momento porque sus
voces comenzaron a hacerse lejanas mientras perdía por completo la
consciencia, pero sabía que Daniel decidiría por la vida de los pequeños,
aunque le doliera con el alma perder a Siria, sabiendo que eso había querido
ella, que sus sapitos vivieran.
Siria necesitaba que sus pequeños rayitos de luz vivieran, necesitaba gritarle a
su esposo que estarían bien los tres, que no la perdería, pero no podía, sentía
su cuerpo más dormido...Siria se estaba muriendo.
- La estamos perdiendo...-fue lo primero que llegó a sus oídos al volver a
escuchar, pero no podía moverse.
El llanto de un bebé en el fondo hizo que ella se relajara un poco, esperando al
otro llanto pero ya no podía más, ya no aguantaba más.
- Señora Wood, debe ser fuerte. –dijo otra voz mientras intentaban reanimarla,
pero ya no podía más intentando luchar, ya no había nada que hacer más que
dejarse ir, sabiendo que pronto volvería a la vida.
Las voces y los ruidos a su alrededor dejaron de sentirse, Siria abrió los ojos
sin saber dónde se encontraba, mirando a su alrededor sin entender nada.
Estaba en el hospital, pero se veía todo diferente, estaba todo vacío sin ningún
ruido, estaba sola. Miró su rostro en el reflejo de una de las ventanas y notó
que su rostro no tenía heridas ni sangre, que sus brazos, su cuerpo, estaba
perfecto, que nada dolía.
- ¿Dónde estoy? –dijo comenzando a caminar por el lugar, abrazándose a sí
misma por el frío que sentía, entonces escuchó unas voces, haciendo que
comenzará a correr hasta el lugar de donde provenían. - ¡Daniel! –gritó al ver a
su esposo, sonriendo, comenzando a correr hasta él, pero se detuvo, dejando
que la sonrisa se borrara de su rostro al ver como abrazaba a su madre, sin
dejar de llorar.
- Tranquilo, hijo. Yo estoy aquí. –decía sonriendo, comenzando, la madre del
joven Wood, sin soltarlo. Siria sintió un dolor desgarrador en su pecho al ver a
su amado tan destrozado, llorando. Entonces lo entendió, estaba muerta.-
Tienes que seguir por Nathan y Holland, hijo mío. Eso es lo que ella habría
querido.
- Estoy aquí. –susurró Siria a Daniel, como si pudiese escucharla e intento
tocarlo, pero su mano paso de largo, no podía tocarlo ni él podía sentirla o
escucharla.
Siria sentía como se le partía el alma por no poder decirle que estaría bien, que
había bebido la sangre de Stiles antes de acostarse a dormir la noche anterior,
que no habían pasado las 24 horas con la sangre de vampiro en su sistema,
que eso haría que reviviera convertida en vampiro...entonces todo se volvió
más claro, dejándole entender dónde estaba, que no sólo estaba muerta,
estaba en el otro lado. Su transición estaba comenzando.
Stiles le había contado a Siria hace mucho tiempo, cómo se sentía cuando
estabas pasando de la muerte a la vida nuevamente, que no ibas a un lugar
definido sólo quedabas en el medio de ambos esperando que la vida te
regresara y todo cambiara.
- Volveré pronto a ti, lo juro. –le dijo a su esposo antes de sentarse a su lado,
intentando agarrar su mano, sin evitar llorar al verlo tan mal.- Lo siento, amor
mío.
Luego de unas horas, unos pasos se escucharon corriendo hacía Daniel,
haciendo que la pareja mirara al mismo tiempo a quienes pertenecían esos
pasos, Siria no pudo evitar llorar de nuevo al ver a sus mejores amigos. El dolor
y la preocupación que tenían, se podía notar y sentir.
Abrazaron a Daniel dándole unas palabras de consuelo, de entendimiento por
lo que estaba sintiendo, haciendo sonreír a Siria al saber que ellos le darían el
apoyo que necesitaba en este momento, el apoyo que ella no podía mostrarle
que le estaba dando.
- Gracias. –les susurro la joven a sus fieles amigos, sonriendo. – Estoy bien,
cielo. –le dijo a su amigo al notarlo tan fuerte, metido en la coraza donde se
metía para que Cath, su esposa y mejor amiga de Siria, no lo viera mal.- Te
adoro. No te vas a deshacer de mí tan fácil, James. –dijo sonriendo con
lágrimas en los ojos, antes de prestar atención a lo que les decía a Daniel a sus
acompañantes.
Siria miró a su amiga Cath cuando le dijo a su esposo James y a Daniel que
volvía en un momento, antes de alejarse para comenzar a caminar, haciendo
que su amiga la siguiera sin pensarlo, sabiendo donde iba. La joven de cabello
rubio estaba yendo al lugar donde Siria no se había atrevido a ir sola, sabiendo
que se le rompería el corazón conocer a sus hijos así, necesitaba tenerlos en
sus brazos y el no poder hacerlo la mataba, aunque ya estaba muerta.
Sabía que aun sin sentirla, Cath le daba la fuerza que necesitaba para hacer
cualquier cosa. Las dos amigas llegaron hasta donde estaban todos los bebés
y comenzaron a buscar los nombres de los pequeños Wood entre todos, la
nueva madre sonrió al leer ''Holland Wood'' y " Nathan Wood”, pasando la
mirada a su amiga luego que los miraba con todo el amor que Siria sabía que
sentía por ellos.
- No estés mal. –le dijo Siria mirándola- Eres mi mejor amiga, Cath. Mi
hermana. No voy a dejarte nunca, no podría dejarte nunca. Estaremos juntas
por siempre, ¿recuerdas? Tú debes ayudarme con los pequeños, nos
necesitamos una a la otra para seguir. –sonrió la joven sin poder evitar que las
lágrimas cayeran de sus ojos, volviendo a ver a sus pequeños, quienes
dormían tranquilamente, tan pequeños e indefensos.
Eran los más hermosos que Siria había visto en su vida.
Las horas pasaron, y Daniel, Cath y James no se movían de la silla en donde lo
había dejado la madre del joven Wood para ir a hacer los papeles de la muerte
de su amada, quién estaba sentada al lado de su esposo, mirándolo con el
corazón destrozado al verlo ido, en shock, dolido por la pérdida que jamás
pensó que llegaría a vivir.
- Deberías ir a casa. –le dijo Siria como si la escuchara. - Yo cuidaré a los
pequeños, amor. Y cuando despierte iré a casa a buscarte. –el dolor de saber
que no la escuchaba era demasiado, ella necesitaba que supiera que estaría
bien, pero era imposible, no sabía cómo hacer que él la escuchara, que la
sintiera para que supiera que estaría bien, que pronto estaría a su lado.
- Ya está todo. –dijo Esther al volver donde Daniel estaba junto a sus amigos.
Los saludó y luego volvió a hablar, haciendo que Siria la mire con atención- Se
llevarán su cuerpo en unas horas –dijo sin dejar de mirar a Daniel que no le
prestaba atención, que no dejaba de mirar el suelo mientras las lágrimas
seguían cayendo por sus mejillas. - Deberías ir a descansar un poco, amor. Yo
me quedaré aquí por si me dicen algo de los niños. Seguro se quedarán un
tiempo largo aquí, son muy pequeños aún –Daniel negó con la cabeza ante lo
que dijo su madre.
- Me quedaré aquí. –dijo el joven con la voz rota, casi susurrando.
- Ve a casa, Daniel. Descansa un poco y luego vuelves. –dijo la mujer
sentándose a su lado.
Daniel volvió a negarse, pero luego de un buen rato, su madre pudo
convencerlo de que fuese a descansar un rato a su casa. Siria le agradeció de
nuevo a sus amigos cuando ofrecieron ir con él, sabiendo que necesitaría estar
acompañado.
- Nos vemos, amor. –susurró Siria limpiando sus lágrimas, viéndolo alejarse
para salir del hospital e ir a casa.
Las horas parecían pasar con lentitud mientras Siria caminaba de un lado a
otro en la puerta donde se suponía que estaba su cuerpo, no sabía dónde más
dirigirse. Había estado quién sabe cuánto tiempo, mirando a sus pequeños con
amor, intentando poder acariciarlos o llenarlos de besos, y luego de un rato,
había decidido acercarse a su cuerpo como si eso hiciera que regresara más
rápido, pero nada pasaba.
Siria llevo una mano a su cabeza cuando comenzó a sentir un dolor horrible,
sentía como sus manos temblaban al igual que sus piernas, se agarró de la
pared y antes de que pudiera hacer algo más, todo se puso negro.
La castaña no sabía cuánto tiempo había pasado, pero abrió nuevamente los
ojos, sentándose de golpe y soltando aire como si hubiera estado
conteniéndolo durante horas. Quedó mirando el lugar donde se encontraba un
momento, intentando entender todo, y sintió su piel erizarse al darse cuenta de
donde estaba. Se encontraba en la morgue.
Siria había regresado a la vida, pero como vampiro. Se levantó de la camilla en
donde se encontraba y caminó descalza, y desnuda hasta un perchero que
había ahí con una bata y se la colocó rápidamente, tenía que encontrar su
ropa, e ir por sus hijos, pero descartó ese pensamiento al sentir como su
garganta ardía, pidiendo a gritos que calmaran ese fuego que crecía con
ganas.
Llevó su mano a la garganta y tragó saliva, cómo si eso ayudara, antes de abrir
con cuidado la puerta del lugar, mirando a ambos lados antes de correr hacía
una de las habitaciones, donde robo algo de ropa y luego se metió a uno de los
baños para vestirse, tomándose su tiempo hasta que una mujer entró al baño.
- Buenas noches. –saludó la mujer mientras entraba para lavarse las manos,
Siria la miró un momento sintiendo como su garganta comenzaba a arder más
que antes, la sed que estaba sintiendo la estaba volviendo loca, y antes de que
pudiese pensar lo que estaba haciendo, se lanzó al cuello de la mujer, quién no
tuvo ni un momento para gritar por la sorpresa, mientras la joven Wood sentía
como un sabor metálico pasaba por su garganta para volverse de a poco
delicioso y adictivo, antes de dejarla caer al suelo inconsciente. Siria la miró,
rogando que no estuviese muerta y salió corriendo del lugar sin pensarlo dos
veces.
¿Qué había hecho? Acababa de morder a alguien y había huido del hospital.
Había completado su transformación a vampiro al alimentarse de sangre
humana por primera vez, calmando un poco el ardor de su garganta.
Siria se encontraba caminando por las calles a la luz de la luna, agradeciendo
que no fuese de día ya que el sol no era amigo de los vampiros, y que no tenía
como protegerse de lo que podía hacerle.
La castaña soltó un suspiro al estar frente a la casa y caminó a la entrada para
abrir la puerta. Se dirigió a la sala y caminó hasta el sofá donde podía ver a su
esposo sentado con las manos en su rostro. La joven miro a su alrededor, y
notó que había un jarrón roto en el suelo y algunas otras cosas más.
-¿Qué te dije de romper los jarrones, Wood? –le dijo a su esposo como si nada,
olvidando por un momento que, para él, ella estaba muerta.
Siria pudo notar cómo se sobresaltaba y se tiraba para atrás en el sofá,
mirándola asustado sin decir nada.
- Tranquilo, amor. –le dijo Siria al darse cuenta como la miraba, de lo que había
causado al regañarlo de esa forma sabiendo lo que pensaba él ahora sobre
ella.
Daniel se paró de golpe y quedó quieto en su lugar, mirándola con terror. Siria
intentó acercarse a él, pero su esposo se alejaba cada vez que ella daba un
paso, sin cambiar su rostro de asustado y desorientado.
- Tranquilo, Daniel. Soy yo, no voy a hacerte daño. Puedo explicarte todo. -dijo
la joven sin acercarse más, dándose cuenta de que él aun estaba asimilando lo
que veía.
- ¿Siria? –dijo mientras acercaba con cuidado hacía ella, estirando un poco la
mano, ella lo miró sin decir nada, sonriendo, dejando que tocara su rostro como
si fuese a pasar la mano como a un fantasma.
- Soy yo, Daniel. –le dijo sonriendo. Él quedó mirando un momento sin poder
creer lo que veía, entonces Siria se acercó con cuidado poniendo una mano en
su mejilla y uniendo sus labios con los suyos un momento para luego alejarse
un poco, dejando ver su cara de asombro antes de que la abrazara como si su
vida dependiera de ello, haciendo que Siria sonriendo y le devolviera el abrazo
sin dudarlo.
-Oh, Siria. –dijo volviendo a llorar, sin soltarla- ¿Cómo? –dijo alejándose un
poco para agarrar el rostro de su amada entre sus manos, mirándola a los ojos
que pensó que no volvería a ver.
- Es una larga historia. –dijo su esposa mirándolo antes de volver a besarlo con
todo el amor que sentía por él.
Las horas pasaron mientras ellos se encontraban sentados en el sofá,
tomándose de las manos, contándose todo lo que había sucedido.
-...¿Bebiste la sangre que te dio Stiles sin decirme nada? –dijo Daniel por
tercera vez luego de que Siria terminara de contarle todo lo que había pasado,
haciendo que ella asintiera con la cabeza mientras él la miraba algo enojado-
¿Sabes lo que he pasado, Siria? ¡Pensé que estabas muerta! –dijo algo
enojado, mirándola serio.
- Lo siento, amor –le dijo mirándolo con tristeza, sabía que no podía hacer más
que disculparse por no haberle dicho a tiempo lo que había pasado- No pensé
que pasaría algo así.
Daniel se levantó del sofá y comenzó a caminar de un lado a otro sin decir
nada más. Siria conocía demasiado a su esposo, y sabía que estaba enojado
por no decirle que había bebido la sangre de vampiro que Stiles le había
dejado, la sangre que beberían juntos como habían quedado hace tiempo.
-No fue mi intención beber la sangre sin ti, el no decirte y que pasará lo que
pasó. No quería preocuparte o que te enojarás por beber la sangre en lugar de
ir al hospital, pero me asusté e hice lo primero que me pasó por la cabeza –dijo
Siria adelantándose a su queja, él la quedo mirando un momento y luego
asintió para volver a sentarse a su lado.
-Lo sé –fue lo único que dijo antes de volver a abrazarla.- No sabes cómo me
sentí...-susurró sin soltar a su esposa.
-Lo sé. –dijo susurrando. Jamás olvidaría como estuvo Daniel por su supuesta
muerte, jamás podría perdonarse a ella misma por haberle causado ese dolor a
la persona que más amaba. Suspiró. - ¿Cuándo podré ver a mis pequeños?.
-Se quedarán un tiempo en observación, pero pronto estarán en casa. Son muy
pequeños aún. –dijo Daniel mirándola como si fuese a desaparecer en algún
momento, sin soltar la mano de su esposa, la cual agarraba con fuerza.
Siria se moría por ver a sus sapitos y poder llenarlos de besos. Entonces
recordó que los médicos se sorprenderían al no ver su cuerpo en el lugar, ya
que irían a buscarlo en unas horas. ¿Qué pasaría cuando la morgue vea que
su cuerpo ya no estaba?
Muchas preguntas pasaban por la mente de Siria antes de que la voz de su
esposo hiciera que saliera de sus pensamientos.
- Tengo algo que darte...-dijo antes de ponerse de pie y caminar hasta la mesa
para traer un sobre de papel, lo abrió y sacó el anillo de matrimonio que Siria
llevaba con orgullo desde su boda, el anillo que le había quitado en la morgue
cuando murió. - Esto es tuyo. –dijo sonriendo, agarrando la mano de su esposa
para colocarle el anillo como la primera vez, con todo el amor que tenía para
ella.
El anillo que sello su amor, el cuál sería acompañado eternamente por el anillo
solar que protegía a los vampiros de no morir quemados por el sol, y así poder
salir con normalidad a plena luz del día.
-Gracias, amor –dijo Siria mirándolo a los ojos, totalmente enamorada y
agradecida de volver a estar a su lado- Te amo, y me alegra volver a casa, a ti.
- Y yo a ti, amor. No sabes lo aliviado que me siento de tenerte aquí. –dijo
Daniel antes de volver a besarla con amor.
Una nueva vida comenzaba y Siria tenía que acostumbrarse a ello, pero sabía
que Daniel estaría a su lado en cada momento y que jamás la dejaría sola en
esto.
Estaba ansiosa por conocer a sus pequeños y nerviosa por cómo les explicaría
a todos de que estaba viva, pero por ahora, sólo quería ir a abrazar a sus
amores, y poder llenarlos de besos. Sin enterarse de que las cosas
comenzaban a cambiar en la vida de todos. Y cuanto cambiaría...
- Debes ir a dormir un poco, amor –dijo mi esposo mirándola, sin dejar de
abrazarla como si pudiese desaparecer en cualquier momento.
- Estoy bien. –le dijo mirándolo con ternura- Ya dormí demasiado, amor. –dijo
sin querer que sonara mal pero había perdido mucho tiempo y muchos mimos
al estar muerta todo un día entero. Ya era de madrugada y necesitaba a su
esposo más que nunca, necesitaba a sus hijos.- Hay que llamar a Cath...-
comenzó a decir pero antes que pudiese terminar, su esposo agarró su rostro
entre sus manos con delicadeza, y la besó con amor, un beso que poco a poco
fue profundizándose, lleno de necesidad y amor, haciendo que Siria sintiera
como todas sus emociones estaban más vivas de lo normal. Pero se
necesitaban y mucho.
- Lamento haberte mordido, no lo resistí. –le dijo Siria sonriendo como niña
buena a su esposo entre las sábanas, acariciando su pecho desnudo para
luego dejar un beso en sus labios.
- Estás más fuerte, amor. Y aún tienes que alimentarte bien o terminarás
alimentándote de mí o peor. No me quejo de que me muerdas, pero debes
alimentarte bien antes de que alguien más se acerque a ti. –dijo Daniel
mientras la abrazaba, dejando un beso en su cabeza, acariciando suavemente
su espalda.
- Lo sé. –susurro Siria- me alimentaré bien luego. -dijo Siria mientras cerraba
los ojos, no tenía ganas de dormir, pero quería disfrutar cada momento, cada
sensación nueva que transmitían los brazos de su amado ahora que era
vampiro, que sentía todo con doble intensidad.
Luego de ese día lleno de tristeza y dolor, todo había cambiado. Siria ya no era
la misma de antes, era vampiro y todo lo que había conocido, había cambiado
completamente, todo era nuevo, pero intentaba controlarlo, aunque se había
descontrolado un poco en un momento, siempre al lado de los que la amaban y
que le daban ánimos para seguir adelante en su nueva vida. Era feliz después
de todo.
El mal momento había pasado y sus pequeños estaban sanos y salvos en sus
brazos, y eran tan hermosos. Las luces que alumbraban su vida, su oscuridad,
ya están en casa y Daniel y Siria los mimaban todo el tiempo, consintiendo a
sus hijos en cada capricho. Los amaban como a nadie y sabían que darían su
vida sin pensarlo por ellos, porque eran su vida, y no vivirían sin ellos, sin sus
sapitos.
Siria se había vuelto más protectora, y sabía que pase lo que pase, y cueste lo
que cueste, protegería a su familia. Pero sin darse cuenta, un gran secreto
crecía dentro de Siria, un secreto del que ella tendría que proteger a su familia
de ella misma, y de lo que llevaba tener ese secreto.
[…]
El tiempo pasó, y la noche se acercaba, Siria se encontraba arreglando unas
cosas en la casa antes de alistarse para ir a ver a Cath para pasar la noche,
haciendo cosas de chicas, intentando ser un poco normal luego de todo lo que
había pasado. Siria estaba emocionada como cuando era pequeña y hacían
estas cosas luego de salir del colegio, en las vacaciones.
- Me llamas cualquier cosa, mi amor. -dijo sonriendo, una vez lista para
marcharse, dejando un besito amoroso en los labios de su esposo, quién tenía
al pequeño Nathan en brazos. - Los amo. -le susurro sonriendo antes de
alejarse para agarrar su bolso y salir de casa.
La joven caminó hasta su auto, pero se detuvo al darse cuenta de que iba a ser
más fácil aparecer allí. Miró a su alrededor para verificar si había algún muggle
cerca, y luego desapareció, cerrando los ojos para volver a abrirlos al sentir
que tocaba el suelo nuevamente, y frunció el ceño al darse cuenta de que no
era el lugar donde quería aparecer.
- Siempre hago lo mismo. -dijo seria regañándose a sí misma antes de
comenzar a caminar por las calles, como solía hacer siempre que se aparecía
en la casa de su amiga, confundiendo la casa con una que era idéntica a la de
la rubia.
Acomodó su abrigo sintiendo más frío que antes para luego detenerse al sentir
que alguien la observaba, miró a su alrededor un momento, pero no vio a
nadie, entonces comenzó a caminar más rápido, viendo la casa de Cath a lo
lejos. Pudo ver unas sombras en el suelo detrás de ella y antes de poder hacer
algo, un pinchazo en el cuello hizo que se detuviera, llevando la mano al lugar
donde había entrado la aguja con lo que pensaba que era verbena, lo único
que podía dejar inconsciente a un vampiro de inmediato, haciéndola caer al frío
suelo de la calle, inconsciente.
El olor a humedad y el frío hicieron que poco a poco, Siria comenzara a abrir
los ojos, mientras sentía que algo cubría su boca, y su cabeza daba vueltas por
la cantidad de verbena que habían puesto en su cuerpo.
¿Dónde se encontraba? ¿Cómo sabían que era un vampiro?
Siria comenzó gritar, pero sus gritos eran callados por la tela que cubría su
boca que también estaba llena de verbena, lastimando su piel. Miró a su
alrededor intentando reconocer donde se encontraba pero el lugar no le era
para nada familiar, miró sus muñecas las cuales estaban atada, para luego
comenzar a removerse en el asiento un poco, intentando poder aflojar las
cuerdas, pero se detuvo al sentir que las cuerdas que la ataban se apretaban
con fuerza en las muñecas, sintiendo que quemaba su piel la verbena con las
que estaban empapadas, dañándola.
Tenía que salir de ese lugar, tenía que ver a su esposo e hijos, y saber que
ellos estaban bien. ¿Y si los tenían allí? Comenzó a revisar con atención su
alrededor, rogando no verlos ni escucharlos en ese lugar, aunque no sabía
dónde estaba, sabía que estaba en peligro. El sonido de pasos acercándose a
donde se encontraba hizo que se comenzará a remover en su asiento, sin
importar que se lastimaran sus muñecas, tenía que salir de ahí rápido.
- Despertaste, preciosa. -dijo una voz masculina, con un tono que hacía que su
piel se erizara y su estómago se revolviera por el asco. Intentó parecer
calmada para que no vea lo asustada que se encontraba, mientras lo miraba
seria, sintiendo sus muñecas y boca sangrar. - Vendrá a verte pronto, así que
prepárate porque la pasarás muy bien. -dijo acercándose demasiado a ella,
dejándole ver su gran sonrisa burlona, haciendo que Siria comenzará a temblar
sin poder detenerlo. ¿Quién vendría? ¿Dónde estaba?
Comenzó a balbucear contra la tela para que se la quitara y poder hablar con
él, saber que quería o quizás poder negociar algo para salir de aquí, entonces
lo vio, la marca tenebrosa de la que su madre le había dicho que escapara
siempre, que jamás se acercará a las personas que la poseían o que estaban
en el bando del hombre que se encargaba de marcarlas, que le harían daño...
Estaba perdida.
Toda la valentía que Siria estaba fingiendo tener, se desvaneció, comenzando a
llorar y removerse en la silla mientras escuchaba la risa del hombre que estaba
frente a ella, antes de que se alejara, y la dejará sola nuevamente. La voz de
todo lo que le había dicho antes su madre sobre ellos comenzaba a resonar en
su mente.
¿Por qué la habían secuestrado? ¿Por qué su madre le había dicho que huyera
tanto de ellos, que no dejará que se le acercarán? ¿Qué había pasado en la
vida de su madre que le había ocultado?
Siria volvió a abrir los ojos lentamente, sin saber cuándo se había desmayado
de nuevo. Miró sus muñecas que seguían atadas, pero ya no tenía la boca
cubierta. Observo a su alrededor para ver si encontraba a alguien.
- ¿Hola? -dijo con la voz temblorosa. - ¡Ayuda! -gritó volviendo a removerse en
la silla, deteniéndose al escuchar cómo se abría la reja, viendo como una
sombra entraba en el lugar, dejándola ver a un hombre diferente esta vez,
reconociendo esta vez a uno de los hermanos Lestrange.
- Les dije que no te quitarán la venda de la boca. -dijo con un tono enojado
mientras agarraba algo de un costado, que Siria podría jurar que era la venda,
empapándola de verbena de nuevo.
- ¡Espera! –dijo Siria mirándolo con miedo, sin preocuparse por fingir seguridad
ahora.- Ya no gritaré...-dijo negando con la cabeza, mientras se hacía para
atrás cuando se acercaba cada vez más.
- Será por poco tiempo, él ya está cerca. -dijo con malicia, mientras le cubría la
boca de nuevo, haciendo que Siria comenzara a gritar de dolor por la verbena
quemando su piel, mientras se removía más en la silla, sintiendo como sus
muñecas comenzaban a sangran de nuevo por cómo se apretaban más y más,
viendo cómo se alejaba cerrando la reja detrás de él. Siria tenía que salir de
ese lugar, tenía que liberarse, pero ¿cómo? ¿Cómo escapar de los mortífagos?
¿Eran ciertos los rumores de que el señor Tenebroso había regresado a la
vida? ¿Sería él a quién se referían?
Llevaba sin contacto con el mundo mágico por años, pero su amiga Cath
estaba al tanto de lo que pasaba allá y se lo comentaba de vez en cuando, y no
estaban bien las cosas por los rumores del innombrable.Las horas pasaron y Siria no dejaba de temblar, sintiendo como poco a poco se
volvía loca por no saber cómo salir de ese lugar.
La reja volvió a abrirse, pero no levantó la vista, sabiendo que era uno de los
mortífagos que venían a burlarse de su desesperación.
- Siria Black. -dijo una voz baja que la hizo quedarse helada, como si un balde
de agua fría la bañara entera. Sentía como la voz se apoderaba del lugar poco
a poco, haciendo que el miedo creciera. - Te hiciste esperar demasiado. -dijo
mientras se acercaba a más a ella. No estaba lista para levantar la mirada aún,
sin darse cuenta de que las lágrimas comenzaron a caer sin poder detenerlas.
Las ganas de gritar se volvieron más fuertes al sentir como su varita tocaba su
mentón para levantarlo, haciendo que lo mire. - Es hora de que aprendas a no
hacer esperar a Lord Voldemort. –dijo estirando las palabras, haciendo que su
piel se erizara por el miedo que sentía.
Siria se encontraba en el suelo, sintiendo como le dolía todo el cuerpo mientras
temblaba sin parar. El señor tenebroso la estaba torturando en persona y sin
piedad alguna. Los miles de cosas que decían de él, quedaban cortos al tenerlo
de frente para vivir todo eso.
- ¿Por qué? -dijo Siria casi susurrando, haciéndose bolita en el suelo mientras
sentía que no podía ponerse de pie, no tenía fuerza, no se había alimentado y
tenía verbena en su cuerpo.
Quería saber por qué le estaba haciendo esto, ¿por qué a ella? ¿qué era lo
que quería? ¿Por qué la había buscado por tantos años? Él la miró un
momento, sin dejar de apuntarla con la varita como esperando a que la joven
se atreviera a decirle algo más para seguir torturándola. Siria seguía llorando
en el suelo mientras intentaba ponerse de pie de a poco, mostrándole que
quería vivir.
La miró con una sonrisa burlona en el rostro antes de volver a hablar.
- ¿No lo sientes? ¿No sientes el poder llenar tu cuerpo? -dijo con tranquilidad,
pero su voz no dejaba de sonar como si estuviese en todas partes. Ella negó
con la cabeza sin saber a qué se refería. - Eres un desperdicio. ¡Crucio! -dijo
nuevamente haciendo que la joven Black se revolcara de dolor nuevamente en
el suelo, gritando.
Los días pasaban y Siria aún estaba en ese horrible lugar, sentada en un rincón
sabiendo que pronto volvería a seguir torturándola. Decía que quería despertar
algo en ella, que ella tenía algo que él quería y si no se lo mostraba terminaría
muerta en ese horrible lugar.
Siria abrazo sus rodillas con fuerza, ya no tenía fuerzas ni para llorar. Su
estómago dolía por el hambre que tenía y su cuerpo pedía a gritos dejar de
sentir el dolor que causaba la maldición cruciatus. Se tensó y comenzó a gatear
hasta un lugar más alejado cuando escuchó la reja del lugar volver a abrirse,
viendo entrar al señor tenebroso con Nagini detrás.
- Ven aquí. -dijo serio, parecía más molesto que antes y sin dudarlo ni un
segundo, ella se puso de pie haciendo un gesto de dolor, y caminó hasta donde
estaba él, quién la volvió a apuntar con la varita- ¡Crucio! -gritó volviendo a
tirarla al suelo, gritando de dolor nuevamente.- Estás cansándome, Siria Black.
-dijo furioso mientras volvía a hacer la maldición cruciatus.- He esperado
pacientemente a que mostraras el poder que tu madre poseía y no supo
entregarme, le perdone la vida sabiendo que tendría hijos con su don, pero ya
no más. -dijo dejando de torturarla, dejándola en el suelo, temblando y llorando.
- Juro que no sé qué tenía mi madre que pueda tener yo, señor. -dijo la chica
intentando sonar lo más respetuosa que podía, no quería ganar otra maldición.
No podía seguir aguantando, dolía demasiado.
Soltó una carcajada que hizo que ella cerrara los ojos con fuerza, sintiendo
como resonaba en el lugar donde se encontraba.
- Ya veo que no sabes el gran poder que posees. -dijo sonriendo de manera
burlona antes de hacerla volar por el aire, haciéndola chocar con la pared para
quedar inconsciente nuevamente por lo débil que estaba.
Siria caminaba por el lugar, tocando las paredes intentando encontrar un lugar
por donde salir, pero no había nada. Hacía unos días se había enterado el por
qué el Señor Tenebroso la quería como uno de ellos, se había enterado el
terrible poder que poseía y que si no lo sacaba completamente a la luz, moriría
en las manos del Señor tenebroso o en sus propias manos...Solían entregarle
muggles o traidores a la sangre para que practicara su poder, y cuando no
lograba hacerlo -que era muy seguido- los mataban y luego la torturaban por
ser tan inútil. Si Siria aún estaba con vida, era porque había logrado que un
hechizo que le estaba lanzando uno de los mortífagos, se desviara y lo atacara,
como si tuviese un propio escudo protegiendo su cuerpo, protegiéndola a ella.
La reja se abrió nuevamente y uno de los mortífagos le tiro una copa con
sangre, haciendo que una gran cantidad caiga en el suelo, alimentándola como
si de un animal se tratase, no le daban mucha sangre para que no tuviera
fuerza para poder escapar, pero la poca que le daban siempre era derramada
cuando se la tiraban al suelo, aunque Siria sabía que no huiría aunque tuviera
fuerzas para hacerlo, que haciendo eso, su familia pagaría las consecuencias y
no podía permitirlo.
Siria era vampiro pero sabía que ella no era un monstruo, pero ellos si lo eran.
Eran unos monstruos, y ella no quería ser como ellos. Jamás sería una de
ellos.
Luego de días de torturas e intentando que lograra mostrar el poder que decían
que poseía, lo había logrado.
¡Lo había logrado! ¡Había mostrado todo su poder!
La mujer sonreía con alegría mientras veía al hombre que había asesinado en
el suelo, frente a ella. Poco a poco comenzó a borrar su sonrisa, dándose
cuenta de lo que estaba haciendo.
- Eso es. -dijo el Señor tenebroso, mientras caminaba de un lugar a otro con la
varita en la mano- Ahora serás una de nosotros y podrás vivir llena de poder,
sintiendo el respeto que te tendrán los demás, el miedo...-dijo mientras ella caía
arrodillada en el suelo, sin apartar la vista del cadáver que estaba frente a ella.
Negó con su cabeza, sin mirar a Voldemort que estaba a su espalda, sabiendo
que, si decía lo siguiente, todo lo que había luchado por salir de ese lugar para
volver a su casa, sería en vano.
- No seré nunca una de ustedes, señor. -dijo levantando la mirada. El Señor
Tenebroso movió la mano que llevaba la varita, y la miró con furia, antes de
sonreír fingidamente.
Siria volvió a mirar al hombre que estaba frente a ella, sintiendo como la rompía
más por dentro. Ahora no solo tenía un terrible poder, sino también era una
asesina y querían que lo siga siendo.
- Morirás. –dijo comenzando a caminar nuevamente a su alrededor, antes de
callarse un momento, haciendo que ella lo mirara de nuevo.- tu poder te
consumirá por no saber controlarlo ni usarlo. -dijo arrastrando las palabras, sin
dejar de sonar tranquilo mientras su voz resonaba más en el lugar. ''...y luego
asesinaré a todos los que amas.'' su voz resonó en la mente de la muchacha,
mientras las imágenes pasaban por su cabeza.
La joven podía ver lo poderoso que sería su poder, que explotaría por el gran
poder que no podría llevar, Siria podía ver como su poder la consumía poco a
poco. '' …Yo te ayudaría a que eso no pase si te unes a nosotros, si usas tus
poderes para nuestra causa…para nuestra lucha. Imagina todo lo que harías si
no sabes cómo controlarte''
Las imágenes cambiaron, mostrando a toda su familia muerta, mientras lloraba
cubierta de sangre. Ella los había asesinado.
Negó con la cabeza, cerrando los ojos con fuerza mientras llevaba su mano a
su boca, ahogando un grito al ver a su esposo y a sus hijos, muertos,
intentando que él salga de su cabeza y detuviera lo que la hacía ver.
- No...-dijo susurrando, rompiendo a llorar con fuerza.
- Únete a nosotros o ese será tu futuro. -dijo serio antes de marcharse,
dejándola destrozada en el suelo sin poder borrar esas imágenes de su
cabeza.
La noche había llegado, había estado repasando en su mente todo lo que
había pasado, todo lo que le había dicho Lord Voldemort. Espero a que vinieran
a verla para decir su decisión. Se sentó en un rincón esperando a que abrieran
la reja, y luego de un largo rato, sucedió.
- Díganle que lo haré. -dijo la joven mientras él hombre que estaba dejando su
comida en el suelo, la miraba. - Sólo hay una condición...
- ¿Les pondrás condiciones al Señor tenebroso? -dijo con furia el hombre que
estaba frente a ella, a quien hizo guardar silencio enseguida, activando su
poder sin dejar de mirarlo para hacer que se arrodillara en el suelo con las
manos en su cabeza, provocándole un gran dolor.
El poder que Siria poseía se le considera uno de los peores dones conocidos.
Con la Ilusión de dolor, ella es capaz de hacer sentir el dolor más insoportable
a cualquiera en la que clave su mirada, activando su don al concentrarse e
imaginar lo que quería hacerle sentir. En humanos, puede llegar a matar. El
poder al principio agotaba mucho, ya que se usaba demasiada fuerza y
concentración, pero el poder venía con un beneficio, su propio escudo. Cuando
su don estaba activo, la envolvía y protegía de lo que sea. También podía
estirar el escudo para proteger a otra persona, por eso el señor tenebroso la
quería a su lado, para tener su propio escudo y hacer lo que quisiera sin
preocuparse de nada. Tener un arma poderosa y un escudo para ganar
siempre todas sus luchas sin ningún problema.
- Sólo tienes que ir a decírselo. -dijo Siria mientras se ponía de pie para
ponerse frente a él que seguía arrodillado- Yo me preocuparé si vivo o muero. -
dejó de torturarlo para que le preste atención. - Seré una mortífaga, pero me iré
de aquí. Volveré para que me siga ayudando y vendré cada vez que me
necesiten, pero no estaré aquí. -dijo seria mientras el mortífago se ponía de
pie, agitado. - Ahora vete. -dijo con frialdad y autoridad, mientras él caminaba
hacia atrás, cerrando la reja para luego subir las escaleras rápidamente.
Ella se removió en el suelo, donde solía dormir hace un mes. Sí, un mes en esa
terrible tortura diaria, sin poder ver a su familia ni avisarles que estaba viva, que
estaba bien. Soltó un suspiro mientras escuchaba como se abría la reja de
nuevo, pensando que sería su momento de morir.
- Te vas. -dijo una voz masculina antes de marcharse, dejando la reja abierta
para que pudiese salir. Ella se iría. Aunque tendría que volver, pero se iría.
Soltó un suspiro de alivio y se puso de pie para salir de ese horrible lugar.
Hace días atrás la habían dejado ir del lugar donde había estado secuestrada.
Los moretones se habían ido de su piel gracias a ser vampiro ahora, pero las
torturas seguían repitiéndose en su mente mientras dormía, causando
pesadillas que nadie podía calmar, noches sin dormir en la que su esposo no
sabía cómo ayudarla.
Se sentía observada todo el tiempo como si estuviesen pendiente de lo que
hacía en cada paso que daba, y estaba segura de que los mortífagos tenían
mucho que ver en eso.
Una madrugada, Siria despertó sobresaltada, sentándose de golpe en la cama
por la pesadilla que había pasado por su mente mientras dormía. Una pesadilla
horrible donde su control fallaba y la sangre llenaba a las personas que más
amaba, dejándolas secas en el suelo mientras su garganta pedía más y más,
sin detener la sed que tenía y había calmado segundos atrás.
Desde que se había convertido en mortífaga y había averiguado el don que
tenía, se le hacía más difícil el poder controlarse, como si por ese horrible don
la sed que Siria tenía se hiciera cada vez más grande, pidiendo a gritos que por
favor calmara el ardor que tenía en su garganta.
Se levantó de la cama y salió despacio de la habitación, sin hacer mucho ruido,
agarrando un poco de ropa en el camino para poder salir de la casa,
necesitaba respirar aire fresco, dejar de sentir el hermoso ruido de la sangre de
sus pequeños corriendo por sus venas. Necesitaba salir corriendo de casa y
calmar el dolor de su garganta, como había estado haciendo desde que la
habían soltado del secuestro.
Se puso un jean negro, con una blusa del mismo color, tacones, unos guantes
y una chaqueta de cuero para poder salir y pasar la sangre desapercibida. El
color negro cubría las manchas de sangre que podían saltar a su ropa y así
podía volver a casa como si nada pasaba.
Comenzó a caminar por las calles que aún estaban oscuras, yendo a los
lugares donde las discotecas hacían que las calles se llenaran de vida a esa
hora, escuchando risas, gritos de diversión y el olor a mucho alcohol. Las
victimas perfectas para calmar la sed que Siria tenía y cómo no sabía obligar a
la gente hacer lo que quería, se ocupaba de que no recordarán nada o que
tuvieran un fuerte dolor en la cabeza para pensar que estuvieran muy ebrios
para imaginar algo así, claro, que eso pasaba cuando los dejaba con vida.
- ¡No, sólo déjame tranquila! -dijo una chica bastante ebria, llorando mientras
empujaba a un chico que estaba igual que ella o quizás un poco más, era lo
que su olor podía dejar notar.
- Púdrete. -le dijo el chico arrastrando las palabras, mientras se alejaba de ella,
caminando mientras se tambaleaba de un lado a otro sin poder seguir una línea
recta, la joven Black rio por dentro al verlo caer al suelo por unas cajas que
estaban cerca del callejón por el que estaba pasando, y maldecía cuando no se
podía poner de pie. Llevó su mirada a la chica que se iba alejando de a poco y
mirando a su alrededor, Siria caminó hacía el chico.
- ¿Estás bien? -le dijo Siria mientras sentía como su garganta se hacía agua al
notar que tenía una pequeña herida en el brazo que se hizo al caer.
- ¿Qué rayos te importa? -dijo el imbécil haciendo que la chica levantará una
ceja y por su mente pasara una y mil maneras de arrancarle el cuello, luego de
dejarlo seco por completo tirado en ese callejón sin salida.
- No creo que nadie te eche de menos. -dijo Siria antes de agarrarlo por el
cuello de la camiseta y levantarlo, sonriendo al ver la cara de sorpresa del
chico al ver que lo había levantado como una pluma.- Aprenderás a tratar a una
dama y quizás en tu otra vida, puedas usarlo. -dijo sonriendo con algo de
malicia antes de tirando al callejón, haciendo que se metiera más y chocara
con la pared, haciendo mucho ruido al caer mientras Siria se acercaba a él,
escuchando su respiración y los tacones de ella chocar contra el suelo.
- ¿Qué diablos eres tú? -dijo el chico totalmente asustado sin dejar de mirarla
mientras se intentaba alejarse más, pegándose bien en la pared antes de
levantarlo de nuevo por el cuello de su camiseta y mostrarle como cambiaba su
rostro, formándose las venas al sentir cada vez el olor de su sangre más y más
cerca.
- Eso no importa. -dijo Black antes de soltarlo y llevar una mano a su boca para
callar sus gritos mientras sus colmillos iban a su cuello, clavándolos con fuerza
para comenzar a alimentarse de él, sintiendo el calor de su sangre inundar su
boca para luego ir pasando poco a poco por su garganta, sin detenerse
mientras él gritaba contra su mano y se removía contra la pared donde Siria lo
tenía arrinconado.
La hermosa sensación de poder, de fuerza y placer por la sangre calmando el
fuego de su garganta, la hacía sentir genial, más relajada. Volvía a sentirse
fuerte pero también sentía que se perdía, que perdía el control que tanto
amaba, pero no podía detenerse, no podía perder la fuerza y el control al
mismo tiempo, tenía que conservar una de las dos cosas y Siria sentía que no
conseguía llamar de nuevo a su control, lo estaba perdiendo y la aterraba el
perderlo y hacer que su sueño se haga realidad.
Siria salió de sus pensamientos mientras soltaba de a poco la boca del chico
sin alejarse de su cuello aún, sintiendo como poco a poco dejaba la fuerza,
comenzando a desvanecerse de a poco hasta caer en el suelo sin vida. La
joven Black se quedó observando al muchacho un momento, hasta que lo que
más odiaba, apareció; la culpa.
Corrió a su casa y entro a ella al llegar, se dirigió al baño sin hacer ruido y
comenzó a quitarse la ropa mientras las lágrimas caían por su rostro. Siria
sentía que no se encontraba a ella misma, el don y su sed estaban alejando a
la Siria que ella era y trayendo a una Siria cruel, no le gustaba eso, aunque una
parte muy dentro de ella disfrutaba el sentir la sangre correr por su garganta,
aunque jamás lo admitiera en voz alta.
Desde ese día donde Siria había perdido el control más de la cuenta, decidió
que no se alimentaría más de sangre humana, y agradeciendo que su mejor
amiga era doctora, le pidió que la ayudará con bolsas de sangre para poder
alimentarse sin lastimar a nadie, y con todo el amor, Cath llevó muchas bolsas
de sangre para Siria, haciendo que poco a poco, ella volviera a sentir que tenía
el control de su sed y su nuevo poder que aún estaba aprendiendo a usar.
Al día siguiente, el señor tenebroso había llamado a todos para una reunión a
la que no podía faltar, ahora era una mortifaga y tenía que ir a esas reuniones,
y aprender más sobre su don.
-Tengo que hacerlo, cariño. -le dijo a su esposo mientras terminaba de cambiar
el pañal de Nathan, su hijo.
- No quiero que vuelvan a lastimarte, Siria. -dijo su esposo.
Soltó un suspiro habían tenido esta conversación tantas veces desde que la
habían dejado ir, que ya no tenía ganas de seguir hablando sobre eso. Le dolía
recordar la cara de preocupación, dolor y tristeza que había visto en Daniel
cuando volvió a casa luego de un mes de haber estado desaparecía, recordaba
como le preguntaba una y mil veces donde había estado, que le había pasado.
Siria le contó todo, cada detalle mientras lloraba en sus brazos, confesándole el
gran poder que tenía y que era lo que iba a hacer para proteger a su familia.
- Tú ve al trabajo y cuando vuelvas yo estaré en casa. -le dice acercándose con
Nathan en brazos para dejar un beso en sus labios. - Todo estará bien,
¿recuerdas? -le dijo mirándolo a los ojos para mostrarle que hablaba en serio,
él soltó un suspiro antes de darse la vuelta para agarrar sus cosas e irse a
trabajar, ella sabía que estaba enojado de tener que dejarla volver al lugar
donde la habían lastimado tanto, dejando esas cicatrices de las que jamás
podría liberarse. - Tú sabes que volveré, ¿verdad, amor? -le dijo sonriendo a su
pequeño mientras comienza a caminar hasta la habitación donde lo recostaría
para esperar a la niñera que vendría a verlos hasta que regresara.
Siria solo rogaba regresar, y que no tuviera que quedarse más de la cuenta o
tendría muchos problemas al llegar a casa de nuevo. Ella tenía miedo perder a
su esposo, pero tenía miedo también perderse a sí misma otra vez, y ese
terrible poder que tenía ya había causado demasiado problemas, y ella no iba a
dejar que algo malo le pase a su familia por saber controlarlo bien. Tendría que
acostumbrarse a su nueva vida.
Luego de varias horas, se encontraba sentada en la gran mesa de la mansión
Malfoy donde esperaban con mucha tensión al que el Señor tenebroso se
presentara en el lugar, y les dijera para que se habían reunido todos.
- Oye, hermosa, bienvenida a tu nueva vida. -dijo Lestrange con una sonrisa
burlona, Siria lo miró con algo de odio y volvió a mirar la puerta donde se
suponía que entraría él.
Se acomodaron bien en sus asientos, y sin saber que hacer, bajó la mirada al
ver que el Señor tenebroso entraba en el lugar mientras escondía sus manos
entre sus piernas al no saber tampoco que hacer con ellas. Aunque ella había
estado varias veces frente a Lord Voldemort, no era para nada parecido a lo
que sería ahora, eso esperaba. Siria sabía que no aguantaría más otra tortura
de su parte.
Levantó la mirada cuando el Lord le dirigió la palabra.
-...así probará de qué lado está, señorita Black. -dijo Voldemort haciendo que
su voz resonara por el lugar, alargando las palabras como si de una serpiente
se tratase. Ella asintió con la cabeza, sentía la mirada de Lestrange clavada
sobre su persona.
Sabía que estaba disfrutando todo lo que estaba pasando. Torturar muggles,
¿cómo iba a hacerlo? ¿por qué tenía que hacerlo? Pero Siria creía que esa era
su pequeña prueba, torturar a las personas que eran como su esposo;
muggles.
Luego de dar unas ordenes más, que la hacía dudar de que no era lo único que
harían, el Señor tenebroso y Nagini, la serpiente, se fueron de la habitación,
dejando que todos los mortífagos asignados para la misión comenzaron a
murmuran contentos de los que tenían que hacer para la misión que les había
dado, pero ella no dejaba de pensar en que no volvería temprano a casa. Al
volver a la mansión Malfoy luego de la misión, el Lord se había enojado
demasiado por no haber llevado nada que los ayudara a encontrar a lo que él
necesita, algo que no le habían dicho a Siria, quizá porque aún no confiaban en
ella, y torturó a algunos de lo que habían ido a su lado. La parte de Siria en la
misión era usar su poder con algunos muggle mientras ellos se encargaban de
otra cosa. Habían perdido demasiado tiempo en ese lugar, mientras Siria se
sentía cada vez más agotada por haber usado tanto su poder, sintiendo que
aún le faltaba aprender más sobre eso, para poder usarlo sin perder la
conciencia en el camino.
Cuando llegó el momento de que el hombre se pusiera delante de Siria, luego
de terminar de torturar a uno de sus compañeros, él detuvo su varita cerca del
cuello de ella, mirándola a los ojos aún con la furia que lo recorría por la misión
sin éxito alguno.
- Tú cumpliste tu misión. -dijo mirándola, alargando las palabras con una
sonrisa que la hacía helar el cuerpo, que le podría causar miles de noches de
pesadillas.
Siria se marchó luego de un momento y miró a su alrededor sin saber bien que
hacer pero al ver que no había dado otra orden, salió de la mansión ansiosa
por volver a casa de nuevo, esperando con temor a las nuevas órdenes de
Lord Voldemort. Porque ahora, ella era una de ellos.
[…]
[FLASHBACK ]
''...sᴇ ᴅᴇsᴄʀɪʙᴇ ᴀ ʟᴀs sɪʀᴇɴᴀs ᴄᴏᴍᴏ ᴄʀɪᴀᴛᴜʀᴀs ʙᴇʟʟᴀs ᴘᴇʀᴏ ᴘᴇʟɪɢʀᴏsᴀs. ᴇɴ ʟᴀ
ᴍɪᴛᴏʟᴏɢíᴀ ɢʀɪᴇɢᴀ, ʟᴀs sɪʀᴇɴᴀs ᴇʀᴀɴ ᴄᴏɴᴏᴄɪᴅᴀs ᴘᴏʀ sᴇᴅᴜᴄɪʀ ᴀ ʟᴏs ᴍᴀʀɪɴᴇʀᴏs
ᴄᴏɴ sᴜs ᴅᴜʟᴄᴇs ᴠᴏᴄᴇs, ʏ ᴀʟ ᴀᴄᴛᴜᴀʀ ᴀsí, ʟᴏs ᴀʀʀᴀsᴛʀᴀʙᴀɴ ʜᴀᴄɪᴀ ʟᴀ ᴍᴜᴇʀᴛᴇ.''
Siria leía una y otra vez cada información que tenía sobre las criaturas que
habían llamado su atención desde el primer día que había escuchado de ellas,
hablaba de ellas todo el día y noche. Tenía miles de libros muggle y mágicos
que hablaban sobre ellas.
Su madre estaba tan acostumbrada a ello que solía llamarla ''Sirenita''
haciendo que Siria se emocionará con el apodo que le ponía su madre, y
cantará por toda la casa mientras bailaba.
- Cariño, debes terminar de vestirte para tu clase de ballet. -dijo su madre en
búlgaro como siempre hablaban en la casa, ya que era su idioma natal.
- He encontrado un nuevo libro sobre sirenas, madre. -dijo una pequeña Siria
de diez años, mientras dejaba el libro a un lado para comenzar a vestirse con
ayuda de su madre, ya que la profesora de danza llegaría en un momento y
estaban atrasadas.
- ¿Y qué más descubriste, cariño? -dijo Amethyst con todo el amor y la
paciencia que tenía para su pequeña. La niña suelta un suspiro y se encoje un
poco de hombros mientras se sienta en la ama para ponerse los zapatitos de
ballet.
- Lo que ya sabía. -dijo mirando a su madre- Que usaban su voz para llamar a
los marineros, los seducían hasta llevarlos a la muerte. Lo leí en un libro
muggle. -dijo Siria antes de quedarse callada, pensando.
Amethyst sabía que cuando su hija se mantenía callada, era porque alguna
locura pasaba por su cabeza. Locura que ella siempre recibía con una sonrisa
y llena de amor al ver la imaginación que podía llegar a tener su niña.
- ¿Yo podría ser una sirena? -soltó de golpe la niña luego de un momento- Me
gusta cantar, madre, y nadar. Aguanto la respiración mucho tiempo bajo del
agua -dijo Siria con una voz infantil y muy tierna que mataba a todos de
ternura, haciendo que su madre sonría divertida.
- Quizás en otra vida, cariño. -dijo Amethyst antes de bajar a la niña de cama
para terminar de peinarla, ya que a su profesora le gustaba verla bien peinada
a la hora de dar clases.- Siempre podrás ser lo que quieras ser, mi pequeña
sirenita. Y yo siempre estaré a tu lado para apoyarte.
Siria sonrió feliz a lo que dice su madre, y le da un abrazo, para luego salir
corriendo hasta el estudio que tenían para las clases que le daban.
Aunque era pequeña, ella tenía pensamientos de chica grande cuando quería,
soñando el grande también. Era muy inteligente. y tenía una imaginación pura y
maravillosa. Siria le prometía diario a su madre que iban a tener una escuela
de baile cuando sea grande y que su madre la ayudaría a enseñar, ya que ella
también amaba bailar. Y Siria amaba bailar porque amaba a su madre, amaba
verla sonreír con orgullo cuando su profesora le enseñaba cosas nuevas, que
Siria entendía rápidamente y las hacía a la perfección. Tenía un talento
hermoso que su madre había visto crecer poco a poco, año tras año, pero por
cosas de la vida, Amethyst no pudo cumplir la promesa que había realizado con
su hija, ya que falleció años después. Pero aun así, Siria no se rendía en
querer ver el orgullo en su madre, sabiendo que algún día volvería a verla
sonreír con orgullo por lo que su sirenita había logrado en su vida.
[ FIN DEL FLASHBACK ]
''Uɴ sᴜᴇñᴏ ɴᴏ sᴇ ʜᴀᴄᴇ ʀᴇᴀʟɪᴅᴀᴅ ᴍáɢɪᴄᴀᴍᴇɴᴛᴇ: sᴇ ɴᴇᴄᴇsɪᴛᴀ sᴜᴅᴀʀ,
ᴅᴇᴛᴇʀᴍɪɴᴀᴄɪóɴ ʏ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴏ ᴅᴜʀᴏ.''
- No, no me gusta ese logo. -dijo Siria negando con la cabeza mientras le
mostraban los logos que tenían para la escuela de baile que estaba
levantando.
Siria ya no era una niña enamorada de las sirenas, le seguían gustando por los
hermosos recuerdos que venían con ellas, aunque su fanatismo por las sirenas
ya no era como cuando era una niña de diez años, pero aun quería ver esa
sonrisa de orgullo en el rostro de su madre, y día tras día se esforzaba para
cumplir la promesa que no iba a romper por nada en el mundo. - Ese es
perfecto. -dijo sonriendo por fin luego de más de una hora sentada buscando
en logo perfecto.- Quiero ese. Quiero que lo pongan también en la página web
de la escuela, que todo este perfecto. Confío en ti, Jessica. -le dijo Siria a su
ayudante mientras agarraba los papeles de todos los profesores que estaban
en la lista para ser llamados y entrevistados para poder dar clases.
- ¿Puedo hacerte una pregunta, Siria? -dijo Jessica, con quién tenía más
confianza al trabajar. Siria asiento con la cabeza, esperando a que hablara para
poder irse a hacer algunas cosas más antes de regresar a casa con sus hijos.-
¿por qué Sirenitte? -dijo la joven, haciendo la pregunta que quizás muchos
había pensado, pero no se habían animado a preguntar ante lo sería que era
Siria a la hora de trabajar.
- Significa Las sirenas. -dijo Siria, mirando a la joven que estaba frente a ellaCuando era chica amaba a las sirenas y por una extraña o hermosa razón, mi
madre me apoyaba con todo lo que tenía que ver con ella, hasta con mis locas
ideas de que yo era una sirena -dijo la joven Black con una leve risita- Yo
soñaba con encontrar a una sirena y poder decirles a todos que había conocido
a una. Un día le dije a mi madre eso, y me dije que ella había conocido una con
una voz hermosa...-dijo Siria mientras se perdía en sus recuerdos. - Yo le
pregunté como era y ella me la describió...Yo era esa sirena que mi madre
describía, yo era su sirena de hermosa voz. El nombre es por ella, en nuestro
idioma. La escuela es por ella, era nuestro sueño y yo prometí cumplirlo. -dijo
Siria con una sonrisa, volviendo a salir de sus pensamientos para mirar a
Jessica.- Así que, a trabajar, hermosa. -dijo sonriendo antes de salir de la
habitación, con hermosos recuerdos en su mente, y una sonrisa enorme que
había provocado esa pregunta.
Jessica se quedó mirando a su jefa un momento, viendo cómo se alejaba, con
una sonrisa en el rostro al saber lo que significaba para Siria el nombre
Sirenitte, nombre que le había dado a su escuela de danza.
Luego de unos meses, la escuela ya estaba lista para ser abierta. El logo era
hermoso y Siria no podía dejar de mirar todo el lugar con emoción.
''Sιrenιттe'ѕ dance and вalleт нoυѕe'’
Resaltaba el logo en el edificio y al entrar en la recepción, donde Jessica
estaba con una sonrisa de orgullo hacía Siria, sabiendo lo emocionada que se
encontraba ahora la nueva directora.
- Lo logré, madre. -dijo llevando una mano a su pecho mientras miraba todo
con lágrimas en los ojos, viendo como su familia miraba también el lugar,
orgullosos de lo que había logrado. - Lo logramos...-susurró Siria, sonriéndole a
Daniel que la miraba desde la otra punta del lugar, sabiendo que la había
escuchado.
- Directora Black. -dijo la voz de Jessica detrás de Siria, haciendo que ella se
voltee con una sonrisa. - sus horarios están listos y los profesores están
ansiosos de empezar a dar sus clases. -dijo con una sonrisa antes de
acercarse a Siria a darle un abrazo- Felicidades, Siria. -dijo antes de separarse.
Siria había realizado una linda amistad con ella mientras se organizaba todo
para que este sueño se cumpla, había sido un enorme placer trabajar con ella,
tanto que la contrato también para trabajar en la escuela como recepcionista
del lugar.
- Muchas gracias por todo, cielo. -dijo Siria sonriendo antes de volver a mirar el
lugar, soltando un suspiro- Iré a bailar un poco para probar los salones -dijo la
directora del lugar, mientras se alejaba con una sonrisa en el rostro, llamando a
su familia, lista para ir a calentar un poco y así disfrutar de su sueño cumplido,
un hermoso sueño por el que había luchado desde hace años por hacerlo
realidad, esperando que su madre, donde sea que estuviese, estuviera
orgullosa de su sirena.
[…]
El llanto de la pequeña de la familia Wood comenzó a escucharse a temprana
hora de la mañana, haciendo que su madre se levante para darle el biberón y
luego volver a recostarla cuando se vuelve a dormir. La rutina comienza yendo
a la cuna de Nathan, que siempre se levantaba luego que su hermana, para
darle un pequeño besito en su frente y hacerle upa para luego ir a darle su
desayuno mientras preparaba el de su esposo también. Todo iba normalmente
en la casa de la hermosa familia.
Todo había sido raro para explicar cómo Siria seguía con vida luego de lo que
había pasado hace tiempo atrás, pero al ser bruja, un poco de su magia ayudo
a que ella pudiese ordenar su vida más rápido estos meses, y el poder que
poseía, se había hecho más fácil de llevar, de controlar. Su vida había
mejorado en muchas cosas, cambiando su carácter y su estilo de vida
completamente, para bien y para mal. Solía desaparecer seguido para hacer
cosas que mandaba el Señor tenebroso, pero Daniel fingía estar acostumbrado
a eso y no preguntaba del tema al saber que su esposa no le diría lo que la
obligaban a hacer, Siria también poseía la marca tenebrosa en su brazo
izquierdo, ya que era muy importante en las líneas de los mortífagos y la causa
que Voldermort quería ganar.
El poder de Siria era usado siempre para lo que el Lord quería, y así, se había
ganado la marca tenebrosa que tanto odiaba llevar, y tanto dolor le había
causado cuando la marcaron.
Pero luego de todo eso, Siria hubiese deseado también que la vida de su mejor
amigo estuviese un poco ordenada como la suya, ya que luego de que ella
volviera a la vida, su mejor amigo perdió la suya para revivir como ella, siendo
un vampiro.
James, su mejor amigo, siendo vampiro no poseía el control que ella intentaba
llevar con la sangre, y Siria no sabía cómo ayudar a su amigo, por eso iba
seguido a su casa para ver cómo estaba el chico, a veces iba temprano y otras
veces luego de salir de la escuela de danza. Quería apoyar a James como
ellos la habían apoyado a ella en el momento que se volvió vampiro.
- Voy a la casa de James, así que vendré tarde, amor. –dijo Siria mientras
desayunaba junto a su esposo e hijos en la mesa.- Me llevaré a Holland a San
Mungo a que Cath le haga la revisión, se la dejaré a ella porque quiere pasar el
día con la pequeña y luego iré a verlo. –le dijo a su esposo, quién asiente con
la cabeza mientras le daba una galletita a Nathan, que en unos días también
tendría que llevarlo a que su madrina Cath, quién también era su doctora, lo
revisará para los controles normales que solían tener.
- De acuerdo, pero siempre ten el móvil encendido, amor. –la mujer asintió con
la cabeza, sonriendo ante las palabras de su esposo sabiendo lo mucho que
los cuidaba, y luego de un rato desayunando junto a sus pequeños.
Siria se fue de su casa luego de unas horas, llevando en el cochecito a su
pequeña para ir a ver a su mejor amiga, la tarde prometía ser tranquila, pero lo
que Siria no sabía es que una persona que cambiaría aún más toda su vida, y
acaba de llegar a Londres, buscándola con mucha curiosidad.
'' Loѕ doppelgängerѕ, тaмвιén conocιdoѕ coмo ѕoмвra мía o doвleѕ мorтaleѕ,
ѕon υna ocυrrencιa ѕoвrenaтυral creada por la naтυraleza coмo reѕυlтado de
doѕ aмanтeѕ converтιdoѕ en verdaderoѕ ιnмorтaleѕ υna вrυja poderoѕa. Al
вeвer el elιхιr de la ιnмorтalιdad, vιolaron la ley naтυral de qυe тodo lo vιvo
deвe мorιr. La naтυraleza вυѕcó el вalance creando doвleѕ мorтaleѕ.''
Katherine Pierce había llegado a Londres para buscar información luego de
mucho tiempo, sobre su hija Nadia o Nefertari, como la habían nombrado sus
padres adoptivos, y algo más que le había dicho su hija antes de morir, era que
tenía una nieta a la que había dado en adopción. Busco a la niña que había
tenido su hija pero llegó tarde, la joven había fallecido por una enfermedad,
dejando a una hija sola en el mundo, entonces, Katherine quiso buscarla para
saber más de ella, pero ¿por dónde empezar en un lugar tan grande?
-Siria. –se escuchó detrás de ella, la joven se detuvo al notar que era el nombre
la chica a la que ella estaba buscando, miró a su alrededor para ver si había
alguna otra persona más, pero estaba sola en esa parte de la calle donde
detrás suyo, alguien tocaba su hombro- ¿Siria, estás bien? –preguntó una voz
masculina, haciendo que ella se gire, quedando en silencio un momento,
cautivada por la belleza del hombre que tenía frente a ella. Sonríe un poco de
manera coqueta sin dejar de mirarlo.- ¿Siria? ¿Tengo que llevarte a San
Mungo? –dijo riendo leve el chico mientras acercaba una mano a su mejilla y la
acaricia suavemente, haciendo que ella lo mire a los ojos- Estás rara...-susurró,
haciendo que la chica aclaré su garganta antes de notar lo que estaba
pasando.
-Tuve un día largo. –dijo Katherine, regalándole una sonrisa al chico. – Mi
mente necesita un descanso y un trago, ¿Me llevas a beber una copa?
-Creo que será mejor que te lleve a tu casa, se te nota rara y si llega a pasarte
algo, tu esposo me mata, aunque seas vampiro –dijo el chico soltando una leve
risita. ¿Siria era un vampiro? Katherine se sorprendió al escuchar que la chica
era igual que ella en eso.
La chica se quedó pensando toda la información que le daba el chico, la
información que necesitaba de la chica a la que buscaba y estaba segura que
él podía llevarla.
-¿Me llevarás a casa entonces? Estoy tan perdida que no recuerdo ni tu
nombre –dijo fingiendo una risa boba para que pensara que estaba bromeando.
-Oh, vamos. No creo que sea posible que te olvides de mí, soy Frank, tu
mellizo favorito. –le guiño un ojo a Katherine, regalándole una sonrisa.
Ahora la doppelganger sabía el nombre del chico y podía seguir mejor el juego
donde el chico se había metido sin saberlo.
- Nunca me olvidaría de ti, Frank. Era una broma. –dijo la chica sonriendo antes
de comenzar a caminar.
- De verdad estás perdida, eh. –rio el chico- Tu casa queda hacía el otro lado,
Siria.-La chica rio y soltó un suspiro antes de seguirlo.
El camino a la casa de Siria había sido tranquilo y entretenido gracias a la
compañía que tenía la chica, un chico que le estaba llamando mucho la
atención, y sin saberlo, la estaba ayudando a buscar lo que quería.
- Tengo que irme, Siria. –dijo mientras se detenían en la entrada de una casa,
que se suponía que era la de su réplica.
- Gracias por traerme a casa, Frank, -dijo Katherine sonriendo
- ¿Nos vemos luego? –el chico la miró un momento como si encontrara algo
raro en ella, aunque era totalmente rara, estaba haciéndose pasar por otra
persona sin saber bien como era.
- Claro. –sonrió al final antes de dejar un beso en su mejilla y marcharse,
dejando una sonrisa en la chica, quién levantó una ceja para examinar al chico
mientras se alejaba, antes de ir hasta la casa y tocar la puerta para que le
abrieran.
- ¿Otra vez olvidaste la llave, amor?. Pasa. –abrió la puerta un hombre que
podía definirse como totalmente sexi, sonriendo mientras se arreglaba la
camisa. Ella miró el lugar unos segundos y luego dio un paso al frente para
entrar a la hermosa casa.- ¿Te cambiaste de ropa? – preguntó frunciendo el
ceño mientras se acercaba a la chica que fingía ser su esposa para
entregándole una corbata, la cual agarró y comenzó a ponérsela como si
siempre lo hiciera.- ¿Luego vas a buscar a Holland o la trae Cath? ¿Cómo está
James? Debe ser difícil para él luego de todo este tiempo, aun no saber
controlarse. –dijo antes de alejarse luego de que estuviese bien puesta su
corbata- Estás rara, Siria. -dijo cuando su ''esposa'' no contestaba nada de lo
que él le decía, observándola unos segundos- Es mejor que vayas a
alimentarte antes de que vayas a ver a Nathan. Me alegra que llegarás rápido,
no sabía que iban a necesitarme hoy en el trabajo, lo recompensaré luego.–dijo
el hombre antes de dejar un beso en la frente de su ''esposa'' sin entender bien
que le pasaba, mientras en la mente de ella no dejaba de pasar miles de cosas
que había dicho el hombre.
¿Quién era Frank para Siria? ¿Cómo se llamaba su esposo? ¿Tenía dos hijos?
¿Quién era Cath? Sin duda, Siria tenía la vida que Katherine había deseado
todo ese tiempo.
Todas las preguntas pasaban por su mente mientras Daniel Wood agarraba sus
cosas para irse a trabajar y salía de la casa, luego un llanto se escuchó en la
parte de arriba, y sin poder evitarlo, como la madre que había soñado ser,
Katherine fue a velocidad vampiro hasta la habitación de donde provenía el
ruido, sonriendo al ver lo hermoso que era el pequeño que estaba en su cuna,
sentadito.
- Hola, guapo. –dijo mientras lo cargaba, comenzando a mecerlo un buen rato
hasta que volvió a quedarse dormido en sus brazos.
Luego de una hora, la puerta se escuchó y unos tacones luego, Katherine
recostó con cuidado al pequeño y de la misma forma como subió a la
habitación, fue a la sala donde se quedó helada ante lo que veía. Su copia
exacta.
- ¿Daniel? –dijo Siria al escuchar un ruido- Llegué lo más rápido que pude,
amor. –decía, quién Katherine pensaba que era Siria mientras caminaba por la
casa, quitándose la chaqueta que llevaba puesta para dejarla a un lado, antes
de que se girará rápidamente, activando su don listo para usarlo, al notar a
alguien detrás de ella, quedando igual que Katherine de sorprendida al ver a
alguien igual a ella parada frente a su persona.
- ¿Quién eres tú? –susurro Siria sin bajar la guardia.
- Soy Katherine. –dijo la doppelganger mientras miraba a su réplica, casi sin
poder creer lo que tenía frente a ella.- Creo que tenemos que hablar muchas
cosas, querida doble. –le regaló una pequeña sonrisa que no llegaba a sus
ojos, notando que un pequeño fuego crecía en su interior, un fuego que podría
ser peligroso para cualquiera; envidia.
- ¿Pe-pero cómo? –preguntó Siria haciendo que Katherine rodara los ojos una
vez más. Le había contado todo lo que había pasado, lo que se había enterado
sobre la sangre que ellas llevaban y lo que pasaba cuando se transformaban
en vampiro, pero la chica había quedado en shock y preguntaba lo mismo
muchas veces, intentando convencer a su mente de lo que la chica extraña que
se parecía demasiado a ella le estaba contado con tanta tranquilidad- Somos
idénticas, tanto que asusta, y dices que al volverme vampiro acabo de crear a
otra de nosotras. ¿Inmortal por mortal? Wow.–dijo Siria volviendo a sentarse en
el sofá, mientras su mente daba miles de vueltas a todo lo que le había dicho
su réplica.- ¿Tú serías mi...?
- Ni lo digas.- susurró sin dejar de mirar a la chica que parecía tan dulce, pero
si algo sabía Katherine, era que no todo era lo que parecía y que tarde o
temprano, todos mostraban ese lado malo. - No eres tan diferente a mí, Siria. -
dijo Pierce, levantando una ceja.- Somos iguales por dentro y por fuera sólo
que aún no lo ves, pero pronto la oscuridad te será inevitable. La disfrutarás
tanto como la disfruto yo, y no querrás soltarla nunca más. Te aferras tanto a la
luz para ocultarlo, pero pronto tendrás que soltarla para mostrar quién eres
verdaderamente, Siria. La vida es dura y cruel, no puedes evitar ser lo que te
hacen ser. –le dijo Katherine, antes de ponerse de pie, soltando un suspiroEsto es raro y estoy agotada, así que me largo. –dijo la réplica mayor, con algo
de burla y locura en su voz, antes de ponerse a caminar hacia la salida.- Por
cierto, bonita familia. Hasta pronto, Siria. –susurró con algo de envidia,
sabiendo que la vampiro la escucharía igual, dejándola con mil cosas que
pensar.
Pero lo que no sabía Katherine, era que ese pequeño fuego que había crecido
dentro de ella, comenzaría a quemarla por dentro, hasta querer todo lo que su
réplica tenía y ella no podía tener, un fuego que iba creciendo cada vez más y
que iba a matarla por completo cuando viera la vida de la réplica que nacería
por culpa de la inmortalidad de Siria Black.
Ahora era libre, y buscaría la vida que ella merecía. ¿Pero en donde
comenzaría a buscar Katherine su felicidad? ¿Tendría algún día lo que su
réplica tenía? ¿O volvería a buscar lo que había dejado en su pasado?
Y en otro lado, Siria también tenía miles de preguntas en su cabeza, ¿qué
haría con ese lado oscuro que tanto temía aceptar que estaba consumiéndola?
Sabía que lo había sentido muchas veces ese lado oscuro intentando salir
cuando usaba su poder, pero no podía hacerlo. No podía perder el control de
nuevo como lo había perdido cuando se volvió vampiro e intentaba aprender a
alimentarse con tranquilidad, había tenido miedo en ese momento, miedo de
perder la confianza que sus seres queridos le tenían, pero pudo pasar esa
etapa y sabía que iba a superar todo, sé tenía confianza a ella misma, no
dejaría que la oscuridad la consumiera.
[ … ]
No volvió a saber más sobre Katherine Pierce, en parte, estaba aliviada por
eso. Quería que su vida sea lo más normal que se pueda, aunque sabía que no
tenía nada de normal, pero los sapitos estaban creciendo y Daniel y Siria
querían darles la vida más tranquila y llena de amor que podrían tener.
Así que un día, decidieron alejarse de todo e irse de vacaciones a Aspen,
Colorado, donde estaban pasando las vacaciones en familia antes de
cumpleaños de los sapitos. Cath y James habían ido con ellos para disfrutar
antes del gran día que pasarían los mellizos en Disneyland. Se encontraban
con Cath haciendo la cena, donde Holland estaba sentada en su sillita
acompañándolas con sus risitas y balbuceos donde de vez en cuando le decía
mamá. Daniel con Nathan y James estaban en el comedor mirando televisión y
charlando.
-¿Terminas esto, Cath, mientras le doy algo de jugo a Holland? -dijo Siria
alejándose de la comida para agarrar a la niña que comenzaba a moverse
inquieta en su silla, intentando averiguar que quería. La meció un poco en sus
brazos para calmarla mientras con la mano libre ponía jugo en su biberón, sin
darse cuenta al principio que la luz comenzaba a titilar cuando la pequeña
comenzó a llorar. Siria le entregó su biberón de jugo y se sobresalto cuando el
foco de luz explotó, rompiéndose en pedazos cuando la niña corrió su mano,
llorando más fuerte, enojada por no ser entendida en lo que quería.
- Siria. -dijo Cath haciendo que lleve su mirada a ella mientras Holland estiraba
la mano y lloraba.- Creo que quiere eso. -dijo sonriendo la rubia, dejándole ver
que la manito de Holland apuntaba el balde de galletitas que tenían en la
cocina. La pequeña estaba mostrando su magia, atrayendo lo que ella quería y
nadie entendía con sus pequeños balbuceos.
- Ay, mi amor. -dijo Siria sin poder evitar sonreír, comenzando a llenar de besos
a la pequeña mientras Cath le estiraba una galletita que ella agarraba
contenta.- Mi pequeña está haciendo magia. Mi pequeña es una brujita
hermosa -dijo sonriendo haciendo que ella le regale una sonrisa entre
pequeñas lágrimas que habían escapado de sus ojitos, con la galletita en la
boca.
Siria miró a Daniel cuando entró corriendo, con un rostro preocupado.
- ¿Qué pasó? ¿Qué fue ese ruido? ¿Están bien? -dijo mirándolas para luego ir
hasta los vidrios y comenzar a juntarlos.
- Estamos bien. Holland hizo magia, amor -dijo sonriendo, orgullosa de mi
pequeña que miraba a su padre sin soltar su galletita.
Daniel se pone de pie tirando las cosas a la basura, mirándolas sorprendido
ante lo que había escuchado.
- ¿Magia? -dijo mirando a la pequeña. Asiento con la cabeza sin dejar de
sonreír.- Mi niña poderosa. -dije acercándose a la niña con una sonrisa para
abrazarlas a ambas dejando besos en sus frentes.- Mis mujeres poderosas. -
dijo sonriendo antes de dejar un beso en los labios de su esposa, feliz por el
hermoso momento que habían pasado y esperando a que la niña mostrará
cada día más la gran bruja que iba a ser.
Los pequeños estaban en la edad donde comenzaban a mostrar su magia, era
una edad muy interesante porque no podían controlarla. Holland había sacado
un carácter que se podía ver desde temprana edad, por lo que su magia se
reveló más rápido, Nathan aún no lograba mostrar su magia, pero Siria sabía
que lo haría cuando se sienta listo para hacerlo.
Pasaron un cumpleaños hermoso, donde los pequeños se divirtieron mucho y
los adultos también, un recuerdo maravilloso para todos.
Al regresar a la vida cotidiana, todo se encontraba tranquilo en la casa Wood,
los pequeños estaban en sus sillitas, comiendo entre balbuceos, con pequeños
gritos que solían dar cuando hablaban entre ellos, haciendo reír a Siria.
Se pone de pie para llevar sus cosas del desayuno al lavaplatos, mirando por la
ventana como el día se estaba poniendo feo, con el cielo muy nublado, dejando
ver que llovería pronto.
- Nathan, amor, no grites. -dijo riendo al escucharlo gritar de nuevo con su
manito en la boca, haciendo reír a su hermana. Lavó sus cosas y las dejó para
que se sequen solas, se acerca hasta los sapitos de nuevo y deja un besito en
la frente de los dos para luego agarrar a Nathan en brazos, y bajar con cuidado
a Holland para que quede de pie agarrándose de su pierna. - Deberías dejar de
ser flojo y comenzar a caminar un poquito más como tu hermana, sapito. -dijo
dejando un besito en su nariz, sonriendo cuando se ríe, totalmente enamorada
del pequeño.- Vamos, amor. -le dijo Siria a Holland, agarrando su manito para
ayudarla a caminar, ya que no quería caminar solita aún.
Sonrió al ver la pulsera que llevaba la pequeña, una pulsera que había hecho
para que su magia se controle hasta que sea un poquito más grande, ya que
cuando se alteraba hacía magia sin darse cuenta. Miró a Nathan un momento,
soltando un suspiro al pensar cuando haría magia el pequeño.
Ya era la edad donde su magia tenía que volverlos locos por hacerla todo el
tiempo, pero no era así, no llegaba y eso a Siria comenzaba a preocuparle un
poco. Llevó a los pequeños a la habitación de juego que tenían en su casa y
puso la reja en la puerta para que no salgan de la habitación. Los dejó en el
suelo, jugando, sentándose en un costado con el celular en la mano para hacer
algunas cosas de la escuela de danza, algunas cosas que le habían quedado
pendiente mandarle a Jessica, su secretaría y recepcionista del lugar.
Se sobresaltó al escuchar el grito de Holland, y levantó la mirada para ver
como Nathan la agarraba de la pulsera, quitándosela sin querer al intentar
robarle un juguete que su hermana tenía en la mano.
- No peleen. -dijo Siria dejando el celular a un lado para ponerse de pie y
caminar hasta donde ellos estaban para sacarles el juguete por el que
peleaban. Vio como la luz comienza a titilar por la magia de Holland que hacía
también cuando estaba enojada, haciendo que algunas cosas se cayeran de
golpe, haciendo llorar a Nathan al sobresaltarse. - Ya, amor. Espera -dijo
agarrando la pulsera de Holland, quién hizo explotar uno de los focos de luz,
haciendo que Nathan grite entre llanto, llevando una manito a su boca mientras
sus lagrimitas caigan, asustado por lo que estaba pasando.- Por eso no te saco
la pulsera -dijo negando con la cabeza mientras le ponía la pulsera a la
pequeña, viendo cómo se dejaban de caer las cosas por la magia que se había
detenido.- Toma, Holland. -le da el juguete por el que peleaban, al notar como
hacía pucherito al ver como lloraba su hermano. Se acerco a Nathan para
cargarlo en sus brazos, intentando calmarlo. - Tranquilo, amor. -dijo al ver como
agarraba su dedo con fuerza sin dejar de llorar- Ya paso, sapito. Tranquilo -dijo
dejando un besito en su frente para luego bajar la mirada a su mano viendo
como algo rara comenzaba a pasar.
La mano de Siria comenzaba a ponerse gris de a poco, como si se estuviese
secando ante el contacto de Nathan.
- ¿Qué? -dijo al ver como otro foco explotaba y las cosas comenzaban a caerse
de nuevo, haciendo que Nathan lloraba más fuerte sin soltar su mano, la cual
se ponía cada vez peor. Siria quedó mirando su mano un momento, dejando el
llanto de Nathan de fondo, como si estuviese en shock por lo que pasaba, sin
notar que Holland se sumaba al llanto de su hermano. - Tranquilos. -dijo al salir
del shock, bajando con cuidado a Nathan para dejarlo llorando en el suelo,
viendo como su mano volvía poco a poco a la normalidad y a los segundos, las
cosas dejaban de caerse o moverse a causa de Nathan.- ¿Qué acaba de
pasar? -dijo casi susurrando, mirando la habitación para luego volver a mirar a
los pequeños y sentarse en el suelo mirando a Nathan- Amor, tranquilo. -dijo
acariciando suavemente su cabeza, sin cargarlo- ¿Qué es esto? -susurró sin
entender que acababa de pasar, agarrando unos juguetes para darle a los
pequeños- Juguemos -dijo intentando calmarlos y calmarse, ya que estaban
muy asustados por lo sucedido.
Comenzó a jugar con los pequeños, quién se calman luego de un rato,
sollozando un poco pero sin dejar de jugar. Se quedó sentada en el suelo,
mirándolos mientras pensaba que estaba pasando con el pequeño, mirando su
mano de a momentos.
Luego de unas horas, estaba dando vueltas en la sala, ya había acostado a los
pequeños para que durmieran la siesta, esperando a que Daniel volviera del
trabajo para contarle lo que había pasado con Nathan, acariciando su mano
como si volviera a ponerse gris.
- Daniel...-dijo corriendo hacia su esposo para abrazarlo antes de comenzar a
contarle todo.
[ ... ]
Una semana había pasado desde que había pasado lo de Nathan y había
comenzado a investigar con Daniel que era lo que podía tener su hijo.
Se dirige a la casa de unos amigos de confianza en el mundo mágico para
consultarles el asunto, mirándolos con preocupación cuando se miran uno al
otro para luego volver a mirar a Siria.
- ¿Qué es lo que saben? ¿Qué sucede con mi hijo? -dijo preocupada
- Eso es algo raro, muy raro que no se acepta en el mundo mágico -dijo uno de
sus amigos, soltando un suspiro- Es un brujo sifón, roba magia de quién la
posea. Es un caso muy raro pero pasa. -dijo haciendo que Siria lleve una mano
a su boca, ahogando un sollozo, su mano temblaba sin parar.
Su hijo robaba magia, no puede ser. ¿Cómo pasó? ¿Algunos de los Black era
como mi sapito? ¿De dónde había heredado eso?
- ¿Qué hago? -dijo sin saber que hacer en este caso, mirándolo con
preocupación- ¿Cómo ayudo a mi hijo?
- No sé puede hacer nada con eso. Esa clase de brujos buscan de donde
sacar magia para poseer. Debes tener cuidado, Siria. Son exiliados siempre del
mundo mágico. No es normal...-dijo el otro amigo, mirando a Siria con pena,
haciéndola enojar sin poder evitarlo. ¿No era normal? Su hijo es normal, sea
como sea, él es normal.
- No debo tener cuidado, es mi hijo. Vivirá en el mundo mágico y será feliz -dijo
seria, mirándolos- él no me hará daño, yo ya veré como ayudarlo. Gracias por
su ayuda -Siria se puso de pie, agarrando su bolso para caminar hasta la
salida, enojada por escuchar como trataban a su pequeño como un bicho raro.
Él iba a vivir su vida normal, no iba a tener que preocuparse por nada porque
su madre iba a ayudarlo. - Voy a encontrar la solución. -Se dijo a sí misma,
caminando en la calle mientras llevaba su mano al collar que tenía colgando en
mi cuello, que tenía una piedra de luna hermosa la cual le había regalado
Daniel. Entonces se me ocurrió algo- Eres un genio, Siria. -dijo sonriendo,
sintiendo como volvía la tranquilidad a su cuerpo, yendo rápidamente a su
casa.
[ ... ]
Había miles de libros de magia sobre la mesa en lo que había estado
investigando, donde también estaba el collar que le había regalado Daniel,
preparándolo para su pequeño.
El hechizo estaba casi listo, llevándose toda su concentración.
- ¿Eso servirá? -dijo Daniel detrás de ella cuando el hechizo había terminado,
levantando el collar con su mano.
- Eso espero. -dijo soltando un suspiro al ver como quedaba. - Lamento usar el
colgante que me disté, pero lo vi perfecto para él -dijo acercándose a Daniel
para dejar un beso en sus labios.- Vamos a ver si se lo deja poner -dijo
haciendo una mueca para ir hasta donde estaba Nathan, en la sala, jugando en
el suelo con su hermana donde tenía miles de juguetes tirados por doquier.-
Hola, amor. -le dijo Siria sentándose frente de él, sonriendo cuando se acerca a
ella para ponerse de pie, agarrándose. - Mami te va a poner una pulsera como
la de Holland, mira. -dijo mostrándole la pulsera, sonriendo cuando la intenta
agarrar- ¿te gusta? -garrando su manito para ponérsela con cuidado, dejando
un besito en su mano luego- Te amo, Nathan. Todo estará bien, amor.-dijo
acariciando su mejilla suavemente para luego mirar a Daniel quién cargaba a
Holland en sus brazos, mirándolos.
Tenían las esperanzas puestas en ese collar, rogando que Nathan logré sacar
magia de ahí y no de ellos u otros brujos.
Comenzaron a jugar con ellos, intentando hacer que Nathan reía mucho para
ver si lograba hacer magia como solía hacer Holland cuando se ponía contenta.
- Amor..-dijo Daniel al ver como comenzaba a levantarse uno de los muñecos
que Nathan miraba con atención, acercándose de a poco hasta donde él
estaba- Funcionó...
Siria soltó un suspiro con una sonrisa y lágrimas en los ojos mientras se dejaba
abrazar por Daniel, aliviada de que su pequeño pudiera usar magia como su
hermana, pensando que podría tener una vida normal sin que lo discriminen en
el mundo mágico.
- Ven aquí, mi amor -dijo agarrando a su hijo para llenarlo de besos, haciéndolo
reír y riendo con él al ver como las luces comienzan a titilar.- Te amo, sapito.
Los amo -dijo Siria mirando a Daniel y Holland, para seguir jugando con ellos
luego, después de todo, las cosas mejoraban de a poco para su pequeño, pero
aún no se daba por vencida en averiguar de donde salió ese poder que llevaba
su hijo.
¿De dónde heredó Nathan lo de poder robar la magia de los demás? No lo
sabía, pero no iba a darse por vencida, tenía que averiguarlo, y jamás dejaría
de apoyar y cuidar a su pequeño sapito.
[ … ]
Nueve años después…
Muchas cosas habían cambiado en la vida de Siria Black. Había aprendido a
controlar al 100% su don, y ya no tenía miedo de él. Cuidaba a sus hijos con
mucho amor y dedicación, y aunque estaba rota por dentro, había aprendido a
vivir con ese dolor, a sobrevivir.
No sabía lo que el futuro tenía para ella, pero esperaba tener su vida un poco
controlada para poder con lo que el futuro quisiera hacer.
Daniel había fallecido hace unos años, dejándola con el corazón roto, pero
prometiéndole seguir todos los días por sus hijos. A su amado esposo se lo
había llevado una enfermedad que ni la sangre de vampiro pudo controlar, la
vida se lo llevó como lo había traído para ella, de un momento a otro, pero
enseñándole lo hermoso que era el amor, y que valía la pena todo al lado de
quienes amamos.
Siria siempre había soñado con tener un amor eterno, y juró haberlo
encontrado el día que nacieron sus bebés, sabiendo que no habría amor más
puro, sincero y eterno que el de una madre con sus hijos, y que siempre
intentaría hacer lo mejor para llevarlos por el buen camino, que haría todo lo
que estuviera en su poder para hacerlos felices día a día, porque eran su amor
eterno.
Extrañaba a su Daniel todos los días, admitía que había deseado apagar su
humanidad y dejar de sentir, pero tenía a dos pequeños que la necesitaban y
eran la mitad del hombre que amaba con todo su corazón y alma, y no iba a
fallarle.
Siria ya no era mortifaga, ya no trabajaba para el señor tenebroso, quién
nuevamente había sido derrotado por Harry Potter. El mundo mágico era un
lugar a salvo para sus hijos, y estaba feliz de que ellos iban a poder conocer
ese mundo sin miedo, sin el terror que Lord Voldemort causaba.
Le tocaba aprender a vivir con todo lo que había hecho y pasado en su vida,
con los traumas y errores, con los amores y el dolor. Siria creció día a día,
mientras cuida a sus hijos, sigue su sueño de ser profesora de ballet, en su
propio estudio.
La vida no se había detenido luego de la guerra, tampoco luego de la muerte
de Daniel. El tiempo seguía avanzando, aunque doliera, aunque a veces sentía
que el mundo debía detenerse un momento para darle tiempo a respirar. Pero
había aprendido algo con los años; el dolor jamás desaparece por completo,
uno simplemente aprende a cargarlo sin que destruya todo a su paso.
Una tarde, mientras acomodaba algunas cosas en el estudio de danza luego de
terminar las clases, escuchó risas acercándose cada vez más al salón vacío.
— ¡Mamá! —gritó Holland entrando primero al lugar, haciendo que Siria
levantara la mirada con una sonrisa automática al verla.
Nathan apareció detrás de su hermana rodando los ojos mientras llevaba sus
cosas en brazos.
— Te gané otra vez. —murmuró divertido.
— Porque eres lento, sapito. —se burló Holland sacándole la lengua.
Siria no pudo evitar reír al verlos discutir como siempre. Los observó un
momento en silencio, sintiendo algo cálido en el pecho mientras los veía crecer
frente a sus ojos. Eran hermosos, fuertes y llenos de vida. Lo mejor que había
hecho jamás.
— ¿Qué pasa? —preguntó Nathan al notar que su madre los miraba
demasiado fijo.
Siria negó suavemente con la cabeza y caminó hasta ellos, acomodándole el
cabello a Holland antes de dejar un beso en la frente de ambos.
— Nada. Solo los amo demasiado. —susurró con una pequeña sonrisa.
Y era verdad.
Después de todo el dolor, de la oscuridad, de las pérdidas y las guerras,
seguían allí.
Seguían juntos.
Quizás la vida nunca sería perfecta. Quizás siempre existirían heridas
imposibles de borrar y noches donde extrañaría tanto a Daniel que sentiría
romperse otra vez. Pero mientras tuviera a sus hijos, mientras pudiera
abrazarlos y escucharlos reír, Siria sabía que todavía quedaba luz dentro de
ella.
Y por primera vez en muchos años, el futuro dejó de darle miedo

INFORMACIÓN:
— Nombre completo: Siria Oriana Brodwell -Petrova- Black. (OC)
— Avatar: Nina Dobrev.
— Género: Femenino.
— Padres: Sirius Black y Amethyst -Petrova- Brodwell (OC)
— Fecha de nacimiento: 12 de Octubre
— Estatura: 1,69 m.
— Lugar de nacimiento: Bulgaria, Sofia.
— Lugar de residencia actual: Londres.
— Hijos: Holland Francia Black Wood y Nathan Leone Black Wood. -Mellizos-
— Especie: Vampiro - Doppelgänger Petrova.- Bruja.
— Bando: Mortífaga.
— Profesión: Es directora de su propia escuela de danza ❝Sirenitte's dance and
ballet house.❞
— Color de cabello: Castaño.
— Color de ojos: Marrones.
— Educación: Hogwarts, colegio de magia y hechicería.
— Casa: Slytherin.
— Tipo de sangre: Pura.
— Nivel económico: Alto.
— Habilidades: Ilusión del dolor y escudo que la ayuda al protegerse de
hechizos y de su propio don, ya que la lastima cada vez que lo usa. DATO
IMPORTANTE: Gracias a este don, Siria sigue teniendo magia aunque sea
vampiro.
— Idiomas: Búlgaro, Francés, Inglés y español.
— Color favorito: Verde.
— Flores favoritas: Tulipanes.
— Animal favorito: Gato.
— Mascotas: Salem (Gato)
— Debilidad: La verbena y el sol. Usa un anillo de protección solar para no
morir quemada y poder caminar de día sin ningún problema.
— Hobbies: Canto, danza e instrumentos (Piano, violín, guitarra, etc...)
— Familia/Antepasados:
- Amara † (ancestro - Primera doppelgänger.)
- Tatia † (ancestro - doppelgänger. )
- Hija de Tatia † (ancestro)
- Sr. Petrova † (ancestro)
- Sra. Petrova † (ancestro)
- Katerina Petrova † (ancestro - doppelgänger - bisabuela biológica de Siria.)
- Hermana menor de Katerina † (ancestro)
- Nadia Petrova † (ancestro - abuela biológica de Siria.)
- Amethyst Brodwell † (ancestro - Hija de Nadia.)
- Sirius Black III. †
- Siria Oriana Brodwell Black.
- Daniel Wood. † (esposo de Siria)
- Nathan Leone Black Wood (Hijo de Siria y Daniel.)
- Holland Francia Black Wood/ Isobel Flemming † (Hija de Siria y Daniel.)
- John Gilbert † (padre de Elena Gilbert)
- Elena Gilbert (Doppelgänger)
